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junio 10, 2012 / Roberto Giaccaglia

Escribo para la corona

Una misma noche, Leopoldo Brizuela, 288 págs., 2102, Alfaguara, Buenos Aires.

Después de que Fito Páez trató de insultar a los votantes de Macri -o de desautorizar sus votos- diciendo que eran “de derechas” (así, con “s” al final), Brizuela, otro artista kirchnerista, se contagió del galleguismo, así que en la página 22 de su novela pone que “Robert es hombre de derechas”. Pero, ¿estos nos creen boludos o gilipollas? Si la patria de un escritor es su lenguaje, es bastante obvio que Brizuela nació, creció y vive en las traducciones españolas (como Fito Páez en las entrevistas de Sabina), por más que escriba desde La Plata o ambiente su historia en dicha ciudad.

En la página 36 Brizuela nos desorienta un poco más. Resulta que su patria no sólo está conformada por las traducciones españolas, sino también por El Chavo del 8: utiliza la palabra “mesera” para referirse a la mujer que en Argentina atiende las mesas de un bar, donde se dice “moza”, o “señorita” -más amable y cordial. Hasta donde me acuerdo, la palabra “mesero/a” la escuché efectivamente nada más que en boca de Doña Florinda, o tal vez la leí también en alguna novela de Carlos Fuentes. Al estar, el personaje de Brizuela, tomándose una cerveza en un bar porteño, no sé a qué viene usar un término sólo común en México -quizá también en Colombia.

Suspendo un poco la extrañeza de encontrarme ante tales palabras, impropias, ajenas -y no saber bien de dónde es el escritor que estoy leyendo-, para detenerme aunque sea brevemente en la manera que tiene Brizuela de darnos a entender que una persona es mala, o sea “de derechas”. El personaje Robert (que dejamos líneas arriba) reúne todos los atributos conocidos del argentino oligarca -a quien Brizuela ilustra como lo haría una película de Pino Solanas, es decir picando grueso los ingredientes-, y lleva por apellido “Chagas”, o sea el nombre del “Mal” argentino por excelencia, o por lo menos de una enfermedad que aquí es endémica y que fácilmente a un escritor con poca imaginación se le puede ocurrir comparar con lo que los kirchneristas identifican como otro problema irresoluble: el gorilismo.

Ahora enfoquemos nuestra mirada hacia la escritura panfletaria -o programática, que queda mejor. Cuesta más leer Una misma noche como novela que como propaganda. Esto se le puede pasar por alto a los lectores españoles, que de kirchnerismo saben poco y nada, pero para un lector argentino Brizuela, al igual que el cyber ejército que se encarga de dejar mensajes pro gobierno todo el tiempo y en todos lados, Brizuela, digo, no para de enviar tweets. Por momentos la novela es eso, un compendio de tweets oficialistas. En pocas páginas nos enteramos “de los avances de los derechos humanos”, de la emoción que resulta de ver a las Madres de Plaza de Mayo en Casa de Gobierno, de la orden de la Presidenta de “desclasificar” documentos que vendrían a probar la culpabilidad de ciertos represores, de la cantidad de gente que milita por “el proyecto del gobierno nacional” y de otros logros por el estilo. ¿Hace a la narración -la agiliza, le agrega algo, la nutre- o hace al programa extraliterario que se propuso Brizuela?

Digamos que un programa es lo que sostiene, ajusta, organiza y aun encauza nuestro trabajo. Tenemos la intención de llegar a algún sitio, y el mapa trazado para lograrlo. Eso es todo. Florencia Bonelli, por poner un ejemplo, quiere enamorar, gustar, “enganchar” a sus lectoras, etc., y Brizuela quiere convencer. La escritura, pues, responde a unas cuantas premisas que la van guiando hasta la consumación de un producto. Así escriben los escritores profesionales y hay varios que logran su cometido en forma más que notable. Pero no por eso se nos debe escapar que algunos de ellos sólo quieren vendernos algo.

El caso que nos ocupa, por otro lado, poco y nada tiene de notable. En el caso que nos ocupa es mucho más fácil notar que, simplemente, nos quieren vender algo.

En la página 52 encontramos más aportes a este programa, es decir el de difundir la palabra oficial, lo que algunos llaman el relato. Uno de los mantras que repite el gobierno es que las quejas por la inseguridad son infundadas, un invento de la prensa monopólica de la cual las clases media y alta (gorila y oligarca) se hacen eco. En un párrafo, aguerrido, sucinto pero aguerrido, Brizuela o el personaje de su novela se queja de los “burgueses neuróticos” que andan en sus cuatro por cuatro clamando seguridad, una seguridad que “ellos saben, mejor que nadie, que es imposible”. Y dice, como la Presidenta, que no son más que personas “aterradas por la prensa”. Ya páginas atrás, con el mismo tono, el personaje mentaba al “ingeniero Blumberg” y su alocada idea de poner al servicio del ciudadano un número telefónico contra la inseguridad. Esta profesión que Blumberg se inventó es además una palabra que la prensa oficialista no deja de usar irónicamente, para señalar, como hace Brizuela, lo que Blumberg no es, contrarrestando así -desautorizando- las críticas de este contrera al gobierno. La fórmula es simple: ¿cómo puede decir la verdad -“Hay inseguridad en Argentina”- alguien que miente -haciéndose pasar por “ingeniero”? Si lo segundo es mentira, también ha de ser mentira lo primero. De simplificaciones burdas por el estilo se sirve la prensa oficialista, tan combativa como a veces lo es la literatura -simple y burda.

Otra cosa que suele ser la literatura es memoria. Inventada o no, reescrita o no, la memoria es o así por lo menos lo afirman a cada rato, la piedra basal de este gobierno. La segunda parte de la novela de Brizuela se titula así, “Memoria”. Y es un ajuste de cuentas. Pero no con el pasado, sino con el presente. La memoria es algo útil: el gobierno la usa para arreglar sus asuntos de ahora. Así con el caso de Papel Prensa, cuestión que al gobierno le sirvió para convencer a la gente de que la empresa debía pasar a otras manos: las suyas, porque de lo contrario se la dejaba atada a la ideología criminal que se la apropió durante la dictadura. Brizuela, pues, nos cuenta el caso de Papel Prensa de nuevo. Lo contó y lo siguió el periodismo hace un par de años atrás, nada más, y ahora Brizuela lo recupera para nuestra “memoria”. Y le sirve. Le sirve para agregar páginas a su novela, imbricar el caso con uno de los personajes, y ya que estamos para lo que señalé: ajustar cuentas. “(…) los Graiver empezaron a considerar la venta de Papel Prensa a los tres compradores que la dictadura avalaba -los diarios Clarín, La Razón y La Nación…”, aclara Brizuela, por si no nos acordábamos de los diarios que antaño como en el presente monopolizan la verdad y joden a la democracia.

Para que no se nos pase por alto, los asuntos “Graiver” y “Papel Prensa” son citados -después de arduas búsquedas en el Google y en la revista Veintitrés– y comentados durante vaaaaarias páginas más, tipo tesis. Una tesis para presentar en una escuela de periodismo fundada y dirigida por 6,7,8, digamos. En el medio, se nos presenta una nueva familia a odiar, que suplanta a los Chagas en esta segunda parte, la cual improvisa una fiesta donde todos se quejan de Aerolíneas Argentinas y se burlan del gobierno. El protagonista los espía y se va a dormir con bronca.

Me doy cuenta de que llevo escritas tres páginas y todavía no hablé de lo que trata la novela. Pero para eso está la contratapa, capaz de resumir la historia mejor que yo: una madrugada de 2010 el escritor Leonardo Bazán ve cómo asaltan una casa vecina, hecho que le trae a la memoria -Memoria- una experiencia más o menos similar ocurrida en la misma casa durante la dictadura militar. Así, entre hechos ocurridos en 1976 y otros en 2010, el autor va haciendo un contrapunto, uniendo nombres, episodios, maneras de actuar de los criminales de antes y los ladrones de ahora, recuperando personas de su infancia y casi al mismo tiempo comentando noticias de su vida adulta, “para indagarse a sí mismo”, según la contratapa.

En la página 123 la novela mejora bastante. Ahí es cuando Bazán/Brizuela recuerda lo malo, terrible que era su padre, un nazi en potencia, un déspota que atormentaba a la familia, que odiaba a los judíos y que protagonizaba episodios violentos y vergonzosos en plena calle. El dolor del protagonista al recordarlo, el dolor y la vergüenza, la vergüenza y el rencor, llegan de alguna manera al lector, que por fin, después de páginas y páginas de información y de tuiteo oficialista, siente algo.

La ilusión dura poco. No hemos llegado a la mitad de la novela y ya todo parece, otra vez, echado a perder. Luego de una reflexión habitual en toda obra que hable de épocas terribles, donde la condición humana se deteriora y surge lo peor de la especie -aquello de que Cualquiera puede convertirse en un monstruo en determinada situación y que saberlo resulta intolerable-, Brizuela invita a un hijo de desaparecidos a sumarse a la historia. Pero es un hijo de desaparecidos inusual: éste odia al gobierno. Odia, al parecer, “a todo el mundo”. Se rige, según Bazán/Brizuela, por una “lógica anterior a la de los derechos humanos”. ¿Pero cómo puede existir tal lógica? ¿Acaso los militares hicieron lo que hicieron porque en los setenta no existían los derechos humanos? No, hicieron lo que hicieron porque se cagaron en ellos, que es otra cosa. Sin embargo, Bazán/Brizuela nos presenta a este hijo de desaparecidos furioso (y malo) como viviendo en una época mejor que no quiere aceptar, una época que debemos agradecer a este gobierno, por haber inventado estos derechos, los humanos, que antes no existían. Me hace acordar a esa frase que a Menem le gustaba decir cada vez que los periodistas reclamaban mejor trato: “Nadie les dio libertad como yo”, como si dicha libertad fuese un regalo gubernamental y no un derecho sobreentendido, del cual no hay que ir perorando o jactándose.

La tercera parte de la novela se llama “Historia”. Se incrementan, si cabe, las reflexiones sobre la culpabilidad, la cobardía, aquello de quedarse de brazos cruzados cuando el otro sufre y los complejos artilugios que pone en marcha nuestra conciencia para hacernos creer que en realidad quienes están sufriendo somos nosotros o por lo menos que el otro se lo merece. Las buenas conciencias de aquellos años usaban el “Por algo será” -o el “Algo habrán hecho”-, y con eso hacían oídos sordos y vista ciega a lo que ocurría a su alrededor. Esta novela puede leerse como una exploración de aquel “Por algo será”, o sea una lectura de la idiosincrasia humana -humana y argentina. Una más. Una de las tantas más. Otra de las millonésimas novelas con las que los escritores -argentinos- intentan explicar cómo funcionaba aquella sociedad y a la par cómo funciona esta, no tan diferente… ¿O sí? ¿Mejor acaso? ¿Una sociedad mejor? “Y atravesé ese bosque de palmas y de ofrendas populares en que se había convertido Plaza de Mayo, los restos del velatorio multitudinario de Néstor Kirchner que empleados cuidadosos recogían por orden de la presidenta, y se me ocurría que todo el país florecía en un mismo duelo”. Sí señor, una sociedad mejor: que tira para el mismo lado, que sufre por lo mismo, que tiene los mismos dolores, que comparte el mismo llanto, que se orienta por el mismo discurso.

La última parte de la novela se titula “Sueño”. El protagonista deja la ESMA, donde fue a rehacer recuerdos, rumbo a Retiro. Frente a la Villa 31, nos dice: “La villa enclavada detrás de la terminal de ómnibus, a metros de los palacios de Recoleta, a pocas cuadras de la Casa de Gobierno, a la que la sociedad le echa la culpa de la inseguridad”. Si existe otra frase más gratuita en novela alguna, me gustaría saberlo. Para evitar esa novela.

A mí me resulta muy gracioso que haya escritores que se burlan de los ricos -de sus “palacios” y de su neurosis, de sus cuatro por cuatro y de sus alarmas y de sus rejas- y participen en concursos literarios que premian con cientos de miles de dólares al ganador. ¿Qué hacen con la plata si los ganan? ¿La donan a la guerrilla? Ah, no, perdón, estamos en otra época. Cierto que ahora vivimos en la “lógica de los derechos humanos”.

Lo que no me resulta en absoluto gracioso es que un escritor se sume al proyecto stalinista de reescribir la historia. “(…) y que de ahí, de Las Flores, había sido también un tal Labolita, el amigo desaparecido de Néstor y Cristina Kirchner, aquel que, según ellos, había inspirado toda su política de derechos humanos”. No me resulta gracioso que un escritor nos quiera tomar el pelo. No me resulta gracioso que un escritor aporte fuerzas al empujón hacia la ignorancia que nos está dando día a día el gobierno con su discurso. No me resulta gracioso que un escritor en vez de investigar como se debe antes de ponerse a escribir, o sea tratar de conocer qué hacían verdaderamente Néstor y Cristina Kirchner durante la dictadura, cómo se ganaban la plata, qué intereses defendían, con quién compartían fotos y abrazos, ponga en los libros que entrega a imprenta lo mismo que dicta el órgano propagandístico oficial, que hace ver al difunto Néstor y a la Presidenta como valientes paladines de los derechos humanos, entonces, en los setenta, como ahora. Dejate de joder flaco, si es cierto que sos un escritor, no des esta clase de vergüenza.

Cierra el libro una aclaración: Los protagonistas de esta novela son puramente imaginarios.

¿?

Ya dejé dicho, a propósito de una película, Francia, y de otra novela mala, Hiroshima, que el kirchnerismo está arruinando a nuestros artistas. Es la primera vez que leo a Brizuela, y no sé qué tan bueno era antes de caer en la tentación de escribir para la corona, pero seguro que era mejor que esto.

6 comentarios

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  1. Anónimo / Jun 10 2012 10:50 pm

    Leo tu blog desde hace mucho tiempo y estoy contento de que hayas abierto de nuevo los comentarios. Si bien desde el punto de vista político estamos en veredas “opuestas”, no puedo dejar de reconocer la valía de tus argumentos. De todas maneras, me llamaron más la atención los apuntes sobre el lenguaje (o ponerle Robert al personaje, Robert Chagas, que suena tan lindo (?) ) o esa oración tan chota, tan simple, tan despojada de justificaciones y pensamiento. No creo que el kirchnerismo en sí mismo arruine a los artistas, sino que estamos en una época de artistas pobres y de tipos que van a lo sencillo a la hora de escribir. Todavía puede, creo, surgir un buen escritor que escriba sobre el kirchnerismo con dignidad. El tema es que no puede ser un fanático, sino más bien alguien con el criterio suficiente para despegarse del relato de la gesta de Néstor y Cristina.

  2. Guiasterion / Jun 12 2012 9:32 pm

    Estimado Roberto:

    Celebro que haya reanudado la publicación de crítica literaria. Realmente lo hace muy bien. ¿Brizuela? Sólo le leí un cuento sobre aborígenes fueguinos y no me gustó; tenía un exceso alarmante de palabras. En relación a esta novela, que gracias a Ud. he decido no leer, me viene a la mente una sentencia de Onetti: ser obvio es uno de los errores en los que incurren los hombres.

    Un abrazo

    G.B.

  3. Anónimo / Jun 13 2012 7:58 pm

    Por lo menos en el conurbano bonaerense decir ” mesero/a” es de lo más normal…ah, si todos crecimos con el chavo!!!!

    Mr Gabi

  4. Señor / Jul 6 2012 6:09 pm

    Quería felicitar al autor del artículo por decir las cosas como son. Es una vergüenza que ciertos escribidores como Brizuela (¿cuántos escritores de verdad quedan en la Argentina?) se vendan tan vulgar y deshonestamente a la mafia del gobierno. Claro, lo hacen por plata, por prebendas, por sucios acomodos. La única satisfacción es saber que es esto lo que quedará del tal Brizuela cuando sea polvo: un libelo kirchnerista. Saludos!

  5. MARICHU ROSASINDE LOAIZA / Jul 14 2012 3:56 pm

    QUE TERRIBLE LAS COSAS QUE LEO , EL ODIO POR EL GOBIERNO QUE GANO POR MAS DEL 50% (ACASO USTEDES NO LO VOTAROM? ) NO LOS DEJA VER , ACABO DE TERMINAR DE LEER EL LIBRO Y NO COMPARTO PARA NADA LA CRITICA QUE LEI ,ME PARECE MUY MALA Y NO ES UNA CRITICA LITERARIA , ES UN ENEMIGO DEL GOBIERNO LLORANDO DESESPERADAMENTE.SOY UN LECTOR MEXICANO Y NO COMPARTO PARA NADA ESE COMENTARIO QUE EN ARGENTINA NO QUEDAN BUENOS ESCRITORES ,LO QUE NO EXISTE REALMENTE SON CRITICOS LITERARIOS, ¡ QUE PENA ! ES CLARO QUE EL QUE ESCRIBE LO UNICO QUE BUSCA ES PEGARLE AL GOBIERNO ACTUAL POR LO CUAL LO SUYO SE CONVERTE EN UN PANFLETO. SALUDOS¡

  6. Gabriel / Ago 24 2012 5:37 pm

    Si bien coincido en parte con esta crítica, leí muy poco, casi nada, sobre la novela en términos literarios. Apenas chiquilinadas sobre la utilización de la palabra “mesera” (que yo utilizo a veces, lo admito) y otras tantas que estan manchadas de ideología, tanto que parecen destilar odio.

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