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junio 16, 2012 / Roberto Giaccaglia

Yo era un lector moderno

Festival, César Aira, 128 págs., 2011, Mansalva, Buenos Aires.

Muy buena la última novela de Aira. Quiero decir, la última novela de Aira que leí. Ya se sabe que Aira adelanta por varios cuerpos (libros) tanto a críticos como a lectores.

Pero yo quería hablar de otra cosa. ¿Lo viste a Maravilla anoche?, me preguntó el pibe de la despensa el otro día. A veces hablamos brevemente, cuando nos encontramos afuera de nuestros negocios, descansando. Le gusta el boxeo, lo practicó unos años incluso y bueno, a veces hablamos de eso, de boxeo. Por un momento pensé que se había adelantado el combate de Maravilla con Chávez Junior y me asusté: ¡seguramente me había perdido un peleón! Nnn-nno, dije, casi con lágrimas en los ojos. Enseguida me enteré de que no me había perdido un combate, sino un baile en lo de Tinelli. ¿Será posible? ¿Y? ¿Qué tal?, pregunté, aliviado, y por preguntar algo. Y… es medio durazno todavía, me contestó. Después le entró gente al negocio así que la conversación quedó ahí. Me quedé pensando en el riesgo que corre Maravilla: si pierde su próxima pelea, se lo endilgarán a su nueva profesión, que la joda esto, que las minas lo otro, etc. Si gana, dirán en cambio que su talento pudo con todo: la joda, las minas y Chávez Junior. Después me detuve en las virtudes del baile como ejercicio, Así que los ensayos con mujeres y coreógrafos, pensé, tal vez puedan verse como una prolongación del trato con preparadores físicos y sparrings. ¿Por qué no? ¿No tiene el boxeo, acaso, mucho de baile? Alí, supongo, habrá sido un bailarín estupendo.“Vuelo como mariposa, pico como abeja”, le gustaba decir. Tal vez él mismo, de Alí estoy hablando, no habría renegado en sus buenas épocas de brindar espectáculo más allá del boxeo. Aparte de ligero con los pies y las manos, se sabe, Alí era ligero con las palabras. Quizá el más “hablador” de los boxeadores, lo suyo, con otro físico, hubiese sido la comedia. Apuesto que habría sido un genio del stand-up. La manera en la que le ponía motes a los boxeadores que iba a enfrentar era un delirio, pura gracia. No cuesta nada imaginarlo frente a un micrófono, en un estudio de televisión, al menos dos o tres noches a la semana, animando algún show, y después al otro día retomando el entrenamiento. Pero, pese a todo, es difícil no sentir cierto recelo frente a la nueva actividad de Maravilla. Será la envidia.

Ahora hablemos de la revista El Amante. ¿Sigue saliendo? Hace muchísimo que no la veo en los quioscos. Creo que si hay (o hubo) una revista capaz de provocar esto del amor/odio es o fue esa, El Amante. Como que a uno le gustaba estar en contra, ¿no? Provocaba reacciones. Sus redactores lo sabían de sobra, no por nada la sección de correo se llamaba “Disparen sobre El Amante”, o algo así. Es más, algunas notas parecían escritas sólo para enfurecer a los lectores. Conmigo lo lograron más de una vez, y hasta llegué a enviar un par de cartas de las que ahora me avergüenzo. Y digo que a uno le gustaba estar en contra porque sus opiniones eran algo alocadas -inusuales por lo menos, o “jugadas” como les gustaba decir de alguna manera-, pero uno sabía, por más que le costara admitirlo, que sin embargo no carecían de fundamento, que imbricados entre los recovecos de la más absoluta y rabiosa personalidad se dejaban entrever jirones de teoría, de estudio, de conocimiento. Por supuesto, su público era mayoritariamente esnob. Pero esto, otra vez, ha de ser por la envidia que todos les teníamos a los que escribían ahí.

¿No será lo mismo que se siente frente a la basta producción aireana? A lo mejor es por culpa de este sentimiento de infelicidad tan feo que casi nadie lo toma en serio. Es más, yo creo que es por eso que Aira no resiste la tentación de hablar de sí mismo en sus obras. Cada novelita suya es un compendio de teorías que vienen en su ayuda. Por ejemplo, ya casi finalizando Festival: “La primera impresión, lo confesaba, había sido de rechazo, y de confirmación acentuada de la justicia con que sus compatriotas habían vedado la proyección de este tipo de cine. ¿Qué tipo? El que hacía caso omiso de la lógica, del sentido común, de los sentimientos, de la enseñanza, a todo lo cual renunciaba en nombre de una fantasía irresponsable…. Ya está, la literatura de Aira es eso: lo que acaba de decirnos, y lo que nos viene diciendo en cada cosa que escribe, donde siempre, pero siempre, encuentra un lugarcito para explicarle a quienes lo rechazan de qué se trata su obra.

Eso para sus negadores. Pero también guarda “sorpresas” para los que lo afirman. El resto de la novela, eso guarda, y el resto de la novela no suele ser otra cosa que una burla. Aira compone uno o dos párrafos de explicación y autodefensa, y luego páginas y páginas que no son más que una larga broma para los que se lo toman en serio, para los que lo leen en las facultades, lo estudian, lo endiosan. En algún momento -después de su décima o décima quinta novela, ponele- debe de haberse dado cuenta de cómo venía la cosa, que sus aduladores eran acaso peores que los que hablan pestes de él, así que en vez de explicarles nada, les empezó a tomar el pelo. Fíjense. Cualquier novelita o cuento largo de Aira tiene como tema central el esnobismo. No importa si aparentemente nos está hablando de religión, o de los descubrimientos de la niñez o de los de la juventud, si nos está hablando de turismo o de cómo vivían los indios, no importa si nos está hablando de la magia o del azar, del mundo de la moda o de los gimnasios y del cuidado corporal, del mundo de la literatura o del mundo del cine (Festival), lo que siempre hace Aira es una desmitificación. O sea, pone al esnob en bolas. O lo que es lo mismo, señala que el rey (el gusto por la vanguardia y lo refinado que impera en ciertos círculos de prestigio) suele pasearse desnudo. Le dice a su lector: No es así flaco, estás errado, a vos te gustan mis libros por lo que no son, tomatelás, andá y escribite un ensayo sobre Lamborghini. Pero lo hace riéndose de lo que siempre entendimos (o creímos que era cierto) acerca de la religión, la niñez, los jóvenes, el turismo, los indios, la literatura, el cuerpo, el cine o el etcétera sobre el que traten sus libritos.

Leyendo Festival a mí me parecía estar viendo a los jóvenes redactores de El Amante invitando a Godard a un bar del microcentro después de una función especial o una retrospectiva de su obra -llamando “mesera” a la moza o señorita-, para pedir lo que creyeran que tomaba Godard -vino blanco con trozos de roquefort dentro, por ejemplo-, y pasar luego a despotricar contra el cine comercial y adular cada una de las obras del francés, sabiéndose especiales, todos ellos, los redactores y el cineasta, únicos si cabe, refinados, y luego Godard diciendo algo como Tranquilos muchachos, dejen un poco de sobarme que me están saliendo callos. A propósito, ¿a qué hora pasan Poné a Francella?

Por eso -por ser una defensa de sí mismo y no obstante una burla de lo que representa o genera-, y en parte por envidia, a lo mejor las novelitas de Aira no pueden resultarnos sino un divertimento pasajero, momentos simpáticos, incluso ingeniosos, pero también inocuos y carentes de importancia, de esos que nos hacen pensar Esto está muy bien, pero podría estar leyendo otra cosa y aprovechar mejor el tiempo. Como ver a Maravilla Martínez bailar en vez de boxear, digamos. Es eso. Tal vez no sea mucho, pero también es cierto que hay montones que han fundado su obra en principios aún más insignificantes.

One Comment

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  1. Valeria / Ago 7 2012 11:04 am

    Me encantó la novela “Festival” que compré, como buena cinéfila, en el BAFICI. “El Amante” ahora es revista digital y lamentablemente bajó su nivel catastróficamente. Cayeron en la trampa de la sensación de impunidad que puede dar el formato digital, creo. Una sensación de que nadie te lee. Al menos yo lo siento así con mi blog, y me pasó cuando hacía radio, también. Mi marido me reta porque no reviso mucho la ortografía, por ejemplo. El Amante ahora, con la economía que implica el formato digital, publica diez notas sobre la misma película a favor, en contra y mas o menos, sin criterio editorial, con errores de “corto y pego” de otras notas o borradores… un desastre… Pero fue lindo mientras duró (en papel). Yo, como buena pajuerana del interior, me emocionaba cuando iba al BAFICI y veía alguno de los redactores, jaja… ¡¡¡casi le pido autógrafo a Trerotola!!! El libro de Aira me pareció hilarante, disfruté cada línea, pero después ninguno me interesó demasiado para seguir conociendo al autor. Saludos

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