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junio 30, 2012 / Roberto Giaccaglia

Moriremos como ratas

La civilización del espectáculo, Mario Vargas Llosa, 232 págs., 2012, Alfaguara, Buenos Aires.

¿Qué pasa Vargas? Tenés tu Nobel, te invitan a inaugurar ferias del libro, habrás hecho algún que otro millón… ¿no? Divertite con todo eso, aprovechalo, animate un poco. ¿Para qué deprimirte pensando que “la especie humana está en riesgo” culpa de una “confrontación o un accidente atómico, o la locura sanguinaria de los fanatismos religiosos y la erosión del medio ambiente” (pág. 201).

¿No será un poco mucho?

Me amargaste más que Sabato, mirá lo que te digo. Es más, preferiría salir a tomar algo con Elisa Carrió, que se queja menos.

¿A qué vienen esas reflexiones de que hoy la cultura te está tomando el pelo? ¿A vos solo? Pero bueno, dejemos eso. Pongamos que tenés razón, pero… ¿qué remedio hay? Sin ir más lejos, vos mismo das la clave de todo el asunto en un solo párrafo de tu libro: “No se trata de un problema, porque los problemas tienen solución y este no lo tiene. Es una realidad de la civilización de nuestro tiempo ante la cual no hay escapatoria” (pág. 134). Exacto.

¿Seguimos? Como quieras. Pero mirá, antes te quiero decir una cosita: Yo ya había leído tu libro. Sí, en serio, sólo que antes de que lo sacaras. Me leí, por caso, Cultura y contracultura, de Jorge Bosch, La tragedia educativa, de Etcheverry, y Los bárbaros, de Baricco. Todos estos son, perdoname, mejor que tu propia versión del “problema” -aunque hay que decir que los dos primeros, como el tuyo, son bastante quejosos. Digamos que me quedo con Los bárbaros, que en vez de llorar por la leche derramada la aprovecha para que al menos coma el gato.

¿Qué hace Baricco que vos no? Simple: se ríe del asunto. Y no sólo eso, a contramano de la idea peregrina que tienen Jorge Bosch, Etcheverry y tú mismo de que todo-pasado-fue-mejor-ay-cómo-sufrimos-las-madres, Baricco nos cuenta de que acerca del malestar de la cultura, de la liviandad y de la inmoralidad de la sociedad ya había algunos que se asustaban en… ¡1824! Un año al que apuesto desearías volver por más de una razón. Pero fijate, ese año un tal Beethoven presenta una sinfonía en Viena. Y un crítico londinense se alarmó de lo que escuchó en la sala, clamando que el gusto se había rendido a la frivolidad, la afectación y la superficialidad, algo propio de “cerebros que no consiguen pensar en otra cosa que no sean los trajes, la moda, el chisme, la lectura de novelas y la disipación moral”. Tomá para vos. 1824: ¡lo que faltaba para que empezara Tinelli!

Pero te pido que te detengas en una fracesita de este crítico: Cerebros que sólo piensan en la lectura de novelas. ¿Te imaginás lo que habría pensado este tipo de La ciudad y los perros, por ejemplo? Yo creo, estimado, que este crítico habría dicho que esa novela está escrita para lectores que se merecen la sinfonía de Beethoven.

La “aventura espiritual” que vos decís haber descubierto en los libros, y que lamentás que los jóvenes de hoy ni se asomen a mirar, en los tiempos en que Beethoven presentó su dichosa sinfonía no era más que un pasatiempo baladí, carente de elegancia, de pureza, sin la elaboración que necesitan la ciencia o el verdadero arte. ¿Sabés lo que habrían hecho con tu amado Joyce?

Estoy con vos en que el esnobismo es una plaga que viene cegando segando la calidad allí donde se anima a aparecer, para suplantarla por cualquier cosa de digestión rápida, fácil y sin problemas, y que cuando no es el esnobismo se trata de una mera ramplonería instaurada por mercaderes más vivos que uno, capaces de dirigir nuestros gustos y apetencias, de programar las luces de un escenario donde debamos movernos una temporada o dos, pero… ¿no fue siempre así? No sé flaco, yo a veces deseo haber nacido en los cincuenta para una década más tarde haber disfrutado del programa de Ed Sullivan cuando llevó a los Beatles. O en los sesenta para ver una década después a los Sex Pistols en algún programa que mostrara los “nuevos valores” de entonces. Y ahora me lamento como un pavote de que mi hija cante todo el día los éxitos de Selena Gómez. Sé que ella, dentro de un par de décadas, se lamentará de lo que les guste a sus hijos, preguntándose dónde han quedado el buen gusto, el refinamiento, o aunque sea la actitud -tal vez, si Dios me asiste, desee entonces haber nacido en los ochenta para no perderse el surgir de Nirvana en los noventa (¿y qué duda cabe de que en todos los casos estamos hablando de gustos digitados por la Industria?).

Yo creo que como crítico cultural, o escritor, ya que estamos, pero siempre pensando en que el trabajo de uno es ver y escuchar atentamente, lo que cuenta es qué hacemos con el tiempo en que nos tocó vivir. Añorar es para giles, y lamentarse para perdedores. Baricco, por caso, toma el ejemplo de Walter Benjamin, que estudiaba al mundo, su manera de pensar, valiéndose obviamente del presente, pero no para elaborar una queja de lo que se estaba dejando atrás, sino para predecir qué vendría en el futuro. Su objetivo era adelantarse, no quedarse rezagado preguntándose por qué ya nadie lee a Joyce. Lo que animaba su trabajo, pues, era lo que vendría. Y para eso se valía de cualquier cosa, no le hacía asco a nada. Hasta se aprovechaba del ratón Mickey. Entendía que una civilización se construye no sólo con las curvas más altas de su pensar, sino también con sus movimientos más mínimos e insignificantes (Los bárbaros, pág. 26). Su lección, si le interesó darla, es que el latido de una época se puede encontrar tanto en las tenebrosas páginas de Kafka como en la publicidad de un desodorante. Hay que saber escuchar, prestar oídos a todo. Vivir.

[Pero está claro que en La civilización del espectáculo quien escribe es un intelectual de otra índole: “Confieso que tengo poca curiosidad por el futuro, en el que, tal como van las cosas, tiendo a descreer” (pág. 203). Y peor aún, su deseo apenas solapado del final: “(…) la robotización de una humanidad organizada en función de la inteligencia artificial es imparable. A menos, claro, que un cataclismo nuclear, por obra de un accidente o una acción terrorista nos regrese a las cavernas. Habría que empezar de nuevo, entonces, y a ver si esta segunda vez lo hacemos mejor” (pág. 212).

Vargas también se acuerda de Benjamin, y del uso que le daba a la cultura para entender el presente y aun el futuro, pero nada dice de que Benjamin para esto se valía de todo lo que encontraba (de Walt Disney, por caso, o de la radio), sino que menciona simplemente el amor de Benjamin por Baudelaire. En este recorte de Vargas de los intereses de Benjamin se demuestra su desdén por todo lo que no sea cultura letrada (y de la considerada de calidad, esa que todos debemos leer). La falta de interés por los cruces, los experimentos, los cambios, amalgamas, lo vuelve obsoleto. Por supuesto, él lo sabe de sobra: para suscribir todas sus quejas, temores y certezas, Vargas recupera en La civilización del espectáculo un discurso que dio para aceptar un premio en 1996 (12 paginotas), un texto donde nos aclara que la ficción literaria nos atrapa de por vida, y la televisiva, en cambio, es efímera -¿habrá visto The Wire? El nombre del texto: “Dinosaurios en tiempos difíciles”.]

Animate Vargas. Dale, probá el Facebook.

3 comentarios

Dejar un comentario
  1. silver account / Jul 31 2012 9:16 pm

    Se puede compartir este planteamiento del escritor francés, tras el que se encuentra el propósito de que el joven pierda el miedo a la lectura y lea por placer, no por obligación; sin embargo, eso no significa que debamos limitarnos a proponer unos libros a nuestros alumnos escudándonos en que la lectura es una actividad absolutamente individual. Hemos de ayudarles para que se conviertan en lectores activos procurando no sólo que entiendan los textos sino también que reflexionen sobre ellos y estén en disposición de aceptar o rechazar lo que han leído. Es decir, como se trata en su mayoría de lectores poco avezados, necesitan un apoyo que les permita acercarse afectiva, intelectual y personalmente al libro, un estímulo que provoque su propia reacción personal, interpretativa y crítica ante lo que leen (MONSON, 1989). Y este estímulo puede llegar a través de actividades como: el resumen, las preguntas relacionadas con la lectura y la lectura en voz alta.

  2. Leonardo Pittamiglio / Ago 15 2012 4:31 pm

    Recuerdo también la película de Woody Allen, Midnight in Paris, en la que el personaje está maravillado por ese pasado parisino de la década del 20, y Marion Cotillard que actúa de Adriana de Burdeos, le dice que ese presente de los años 20 le parece una época frívola y aburrida, donde no pasa nada, y que le gustaría vivir en la Belle Époque.

  3. Leonardo Pittamiglio / Ago 15 2012 10:26 pm

    Vargas Llosa trivializa a Woody Allen. Es un error.

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