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julio 18, 2012 / Roberto Giaccaglia

Paraísos artificiales

Arrecife, Juan Villoro, 240 págs., 2012, Anagrama, Barcelona.

Yo no sé nada de muertes violentas y todo eso, pero he visto muchas series yanquis por lo menos. Cuando aparece alguien muerto, por un ejemplo con un arpón clavado en la espalda, ¿no se espera a la policía para retirar el cuerpo, a un juez, a un fiscal, a un detective, algo? ¿No “cuidan” el lugar a fin de preservar huellas y pruebas y esas cosas? ¿No ponen una cinta de “prohibido el paso” en torno al cadáver? Bueh… En la novela de Villoro no. Entran dos tipos con una camilla, levantan al difunto y se lo llevan. “Personal de intendencia”, pone Villoro.

En fin.

Me quedé pensando en eso y la novela ya se me arruinó un poco.

Después, ya más avanzada la novela, digamos en la página 35, medio abrumado por la cantidad de datos y de recuerdos agolpados del protagonista -vidas de otras personas, con las que se va cruzando-, pensé en otra cosa: en si ya hay algún nombre para la literatura que pergeñan los Villoros, Fresanes, Lorigas y en menor medida Bolaños de este mundo.

Tal vez no haya un nombre todavía, porque, simplemente, no hay nombre tampoco para la enfermedad que aqueja a los que basan su arte en la cita constante de aquello que los inspira (no es la “angustia de las influencias”, al decir de Harold Bloom, es otra cosa, porque estos tipos están muy contentos de mostrar lo que les gusta). El arte como curaduría, como selección, y también como cálculo. Un arte, por así decirlo, japonés: el de la apropiación de referencias para realizar un producto que nunca termina siendo propio, sino un rejunte, aunque refinado, de creaciones ajenas. El producto final puede resultar vistoso, ameno, disfrutable, e incluso, aunque raras veces, mejor que el original, pero salta a la vista que no es el impulso que les dio origen una fuerza sanguínea, un brote del alma, el cosquilleo de expresar cosas, sino más bien el ímpetu del coleccionista que llegado cierto punto quiere hacer algo con todo el material acumulado, aprovecharlo, digamos, de alguna manera. Los Villoros, Fresanes, Lorigas y en menor medida Bolaños de este mundo han leído mucho, han visto muchas series y muchas películas (clase B), algo de música han escuchado (rock de los setenta, principalmente) y es imposible no ver todo eso en sus libros.

Varias veces pensé, pues, que es obvio que hay un hilo conductor, un eje, una línea de puntos por lo menos, algo que los une, los emparenta y hasta hace que se confundan, pero no conseguía verlo del todo. Y ahora se me ocurre que, entre otras cosas, es el rock. La novela de Villoro es bastante rockera. Tenemos a Lou Reed dando vueltas por ahí, y a Jaco Pastorius, entre otros. Es que el protagonista es un ex bajista de rock y ex drogadicto que ahora trabaja como musicalizador en un acuario, y se la pasa recordando la época en que tenía una banda y hacía locuras, un poco espantado de tener un trabajo tan raro, en un ambiente kitsch, artificial, farsante. Su vida se transformó en lo que de joven nunca hubiera pensado, una traición a sus principios, o por lo menos a sus gustos.

Pero esta novela no es sobre la juventud perdida, o sobre cómo nos ponemos viejos, nos arruinamos y esas cosas (asuntos más bien colaterales), sino sobre un crimen, o un par de crímenes. Una novela policial, quiero decir. Con muertes, misterios, amigos sospechados y algo de corrupción política.

En este contexto, mencionar datos de la vida de Jaco Pastorius -cómo murió, quién fue su mentor, etc.-, es raro, tal vez algo kitsch, un poquito artificial, tal vez una farsa. ¿Quién quiere saber nada de Jaco Pastorius leyendo una novela? Luego, en la página 99 el protagonista nos dice quién fue Ahmad Rashad/Bobby Moore, y luego en la 100, nos informamos acerca de Khalifa Rashad. Sigue siendo raro. El problema no es que las novelas se confeccionen con información que por lo general no viene al caso (eso se hizo siempre: las dichosas muestras de erudición que rescatan durante unas cuantas líneas al escritor cuando se queda sin ideas), sino que esa información hoy se consigue fácil.

-Hijo, ¿qué quieres ser cuando seas grande?

-Escritor, padre.

-¿Y si no te sale?

-Leo la Wikipedia un rato y copio lo que más me guste.

-Adelante.

Cosas que no me gustaron:

Página 63: “El Tercer Mundo existe para salvar de aburrimiento a los europeos”. Bueno, sí. ¿Quién no lo sabe? Y más, en la página 146: “Estados Unidos y Europa llenaron el mundo de mierda para desarrollarse, pero no quieren que hagamos lo mismo”. ¿Por qué no podemos eliminar la protesta de bajo vuelo, la queja gallinácea, de la literatura? ¿No es acaso este supuesto compromiso otra forma de sumisión?

Página 78: “Mientras él se relajaba en el jardín, la madre preparaba alegres guisos sin sabores”. O lo uno, alegre, o lo otro, sin sabores.

Página 122: Aparece una argentina. El esfuerzo de Villoro por hacernos notar tal cosa y convencernos de que el protagonista está charlando con una argentina es de tan denodado un poco lastimero: a los “nene”, “vos”, “boludo”, “romper las pelotas”, etc., se suman la petulancia desmedida con la que se nos identifica en todos lados. No puede decirse que esté mal logrado (a no ser una de las frases de la argentina: “El agua está envenenada, ¿a qué sí?”. Ese ¿a qué sí? yo lo cambiaría por un ¿no es cierto?), pero la aparición de este estereotipo, pintarrajeado, también es porque sí. Por mí, la turista argentina podía haberse quedado en casa, y ni aparecer por la novela. ¿A qué viene? ¿Para que Villoro demuestre que sabe -más o menos- cómo hablamos los argentinos?

Página 124: “Tomé un taxi de sonoras hojalatas”. ¿En serio Villoro, o nos estás jodiendo? ¿Sonoras hojalatas?

Página 130: “Corrí con el impulso de quien tiene algo que encontrar”. No me cierra, che. El que tiene algo que encontrar más bien va a tientas, despacio, fijándose en todo, tratando de no perderse nada, pensando, de paso, en cada detalle que pudo habérsele escapado. La figura de quien tiene algo que encontrar, se debe usar para eso, no para el que corre desesperado.

Página 157: El protagonista mira cierto paisaje a través de una ventana que nunca ha sido limpiada. Justo en ese momento, se entera de una mala noticia. Y dice, reflexionando hondamente: “La vida era un vidrio sucio, saturado de salitre”. Cursi.

Página 178: “Los lugares apartados sirven para decir cosas que en otro sitio carecen de sentido”. ¿Lo qué? Para mí lo que carece de sentido es esta frase.

En varias páginas: ¡La cantidad de veces que se dice la expresión “Estás pedo”! (Por Estar en pedo).

Cosas que me gustaron:

Página 116: “Se puso de pie, con la energía de quien irá lejos”. Muy buena imagen.

Página 129: “El viento sopló de pronto, tirando una sombrilla. Sandra se despertó. Me miró con susto, como si yo fuera el responsable del mal clima”. ¿Quién no sintió algo como eso alguna vez y no lo pudo explicar?

Página 146: “Los amigos de la infancia son un suero que te conecta con cosas que no quieres recordar”. Ja. ¿A quién no le pasó?

Página 177: “Nunca confíes en un fumigador que no hable maravillas de los insectos”. Mucha razón. El mejor, es quien respeta al enemigo.

Página 180: La acertadísima descripción del turismo que hace uno de los personajes: castigo aceptado como diversión, gente con sándwichs indigeribles en el estómago y la cabeza a punto de estallar por el jet-lag. Una visión desangelada del mundo, con la que suelo no concordar, pero que me hizo mucha gracia.

Las últimas páginas de la novela, luego del embrollo policial-político-rockero-ecologista-bien pensante, son muy buenas: una distopía, un mal sueño, la forma en que acaban todos los paraísos artificiales.

One Comment

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  1. Anónimo / Jul 29 2012 2:58 am

    Roberto, soy Ramos, quiero que te manden mi nuevo libro de cuentos, Mandame tu direccionpostal a pabloramosnet@gmail.com

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