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agosto 31, 2012 / Roberto Giaccaglia

(Im)Posturas educativas

La educación prohibida, investigación y guión: German Doin y Verónica Guzzo, 145:00, 2012.

1) Waldorf, Kilpatrick, Paulo Freire, et al.

En algún punto se empezó a creer que la enseñanza es un hecho violento, una manera de imponerse, de forma tal que si uno imparte conocimientos está dominando al otro. Así, de la noche a la mañana los maestros fueron vistos como un instrumento represivo de una entidad superior, cuya meta sería el mantenimiento de cierto orden. Para el mantenimiento de este orden, a los niños se les mete en la cabeza todo un conjunto de conceptos –“ideas prefabricadas”, las llaman-, a fin de anular su capacidad innata, su creatividad, sus emociones… Es decir, el objetivo es tener ocupados a los niños aprendiendo.

Las escuelas no serían otra cosa que la base que asegura hombres sumisos para la realización de tareas que, como un círculo vicioso, no harán más que perpetuar el orden en el que fueron formados -o educados.

Así las cosas, aquella entidad invisible y todopoderosa puede resumirse en la palabra Sistema, algo que nunca se supo muy bien qué es, pero que se supone mantenido por toda una serie de engranajes que trabajan en conjunto, los cuales es necesario mantener aceitados, limpios y obedientes -características todas ellas que comienzan a materializarse en las escuelas, donde esos engranajes todavía engranajitos, vestidos con guardapolvo y cantando loas a la bandera, se sientan unas cinco horas por día frente a un instrumento represivo que con el dedo índice siempre listo y el pizarrón detrás les habla sobre matemáticas, lengua, historia, geografía y una larga lista de “ideas preconcebidas”.

Callados y ocupados, los engranajitos pasan primero unos seis o siete años. Luego, ya sin guardapolvos y con una forma prácticamente definida, pasan otros cinco -período conocido como “educación secundaria”-, tras lo cual están listos para el paso final: la fábrica o la facultad -sedes desde las cuales se perpetúa para los que vienen debajo, los hijos de los engranajes ya adultos, este Sistema u Orden establecido, asegurando así, para siempre, que esto que llamamos Vida y algunos más optimistas Historia, continúe sin sobresaltos.

Habría entonces que preguntarse qué ocurriría si aboliéramos la educación, si ya no permitiéramos que nuestros hijos fuesen sometidos a la enseñanza, si acordáramos de una vez por todas que eso que se denomina “materias” son en realidad un mecanismo para anularlos, una intromisión a sus deseos, a sus ganas de ser libres y de disfrutar de la vida.

Porque, ¿está vacío el niño? ¿Hace falta que pase tanto tiempo encerrado llenándose la cabeza de cosas? ¿Acaso el niño no es ya un individuo, alguien? ¿No viene ya con gustos, inclinaciones y una sabiduría especial, que no se aprende en ningún lado? ¿No es mejor aprovechar todo eso, en vez de educarlo?

Pongamos por caso, eso de aprender a leer o siquiera a reconocer las letras a los cinco años… ¡cinco añitos! ¡Una edad en la que deben estar con su pandilla, subiéndose a los árboles, revolcándose en la tierra, cazando insectos, tirándoles piedras a las palomas o pateando una pelota! Rompiéndole algún vidrio al vecino… ¿por qué no, si es su deseo? ¿No es notorio acaso el empeño que pone la alfabetización en anular estos impulsos tan sanos y puros? Pero luego se pone peor. Porque vienen los números, los números y sus combinaciones, los signos de sumar y de restar, y los otros, que son aún más difíciles, todo lo cual llegado el caso se convertirá en algoritmos, álgebra, física, nociones de programación y finalmente química, el cielo no lo permita. Eso para no hablar de las vidas de San Martín o de Belgrano, que también hay que aprender, o más tarde las de Julio César y Nerón, que ni siquiera eran argentinos. Y nos estamos olvidando de la geografía y de sus diversos accidentes, de la medida del río Nilo y de la profundidad del Amazonas, de la capital de Austria y de que una vez Alemania no fue una, sino dos… ¿Se dan cuenta? ¿No es demasiado?

A pesar de las evidencias acumuladas de todo lo pernicioso que es esto, en años y años de escolarización, nadie o muy pocos hacen algo para cambiarlo –“La educación está prohibida”, como dicen unos chicos en un manifiesto de la película-, y seguimos mandando nuestros hijos a la escuela. Vamos, las evidencias están en nosotros mismos, en nuestra propia y sufrida experiencia… ¿O nadie recuerda haberle preguntado alguna vez a nuestros manipuladores de la secundaria algo como “Profe, ¿y esto para qué me sirve?”, cansados y con dolor de cabeza, medio dormidos sobre nuestros cuadernos? Y esta pregunta, tan básica, tan común, tan de todos los días, es sin embargo el paso fundamental, el comienzo de la revolución, la duda esencial que permite o permitirá el cambio…

Apuesto que los educadores o los teóricos que iniciaron el movimiento de las educaciones alternativas (Waldorf, Kilpatrick, Paulo Freire, et al.), se hicieron esta misma pregunta, o se repreguntaron a sí mismos, mejor dicho, la pregunta que venían haciéndose desde pequeños o desde adolescentes: ¿Para qué? Entonces se habrán contestado algo como esto: ¿No es mejor que el niño esté en contacto con la vida, con la vida misma, en vez de que esté en contacto con letras impresas y muertas? ¿No es mejor el contacto con la tierra, con el agua, con el aire? ¿Salir a ver los animalitos en su hábitat? ¿Y qué tal hacerse los propios juguetes? ¿Qué es eso de comprar una número cinco con la cara de Messi si podemos armar una con medias y papeles? ¿Y qué tal hornear el pan que vamos a comer, plantar las hierbas que aromatizarán nuestro plato, tejer la funda de nuestra flauta, rellenar los almohadones donde habremos de sentarnos? En todo esto hay también un aprendizaje, una enseñanza, una formación, un crecimiento, y lo mejor de todo es que el niño lo realiza sin darse cuenta, sin nadie que se lo señale desde un lugar de superioridad, sin nadie que lo evalúe, que le diga lo que hace bien o lo que hace mal, sino que lo hace jugando, disfrutando… ¡siendo!

Y ahí está otra de las cuestiones claves: el ser. Razón alimentada por otra pregunta: ¿Cómo voy a serser yo mismo, convertirme en YO-, si me la paso aprendiendo quiénes fueron otros o, peor, mi cabeza es ocupada por ideas ajenas? Las ideas preconcebidas -llámense leyes de la física o la vida en el antiguo Egipto- ocupan un tiempo precioso que la persona debería ocupar en descubrirse a sí misma. El niño, más perspicaz y “abierto” al mundo que los adultos – “Un genio”, como dice la película-, ya sabe quién es, sólo que debe darse cuenta de ello en este contacto directo con los elementos. La mediación no sirve, y cualquier tipo de esclarecimiento debe verse como una intromisión. Por ello también es que nadie es mejor que otro… porque así como toda forma de hacer las cosas es personal y única, también lo es la forma de evaluar lo producido (afirmación de uno de los maestros entrevistados en la película).

Esta es otra de las raíces del gran árbol de la educación alternativa: el convencimiento de que es imposible el escalafón: si el niño aprende por sí solo, y por ende lo que quiere o lo que tiene ganas de aprender, debe pues analizar él mismo y sólo él si lo que hizo está bien o mal, si lo satisface o no. Y al no haber escalafones -nadie puede ponerse por encima de otro al desaparecer la noción de “calidad”-, nadie, en suma, es superior a nadie, con lo cual, en plan de igualdad, desaparece por sí sola la competencia. Es decir, no hay metas ni logros que cumplir, sino cientos, miles de caminos diferentes, y cada uno ilimitado, infinito y tan bueno como el de cualquiera.

Con esto la educación alternativa llega al meollo de su cuestión, el núcleo de su ser, el tronco del árbol: la vida es aprendizaje constante por un camino que no tiene por qué ser el de otros, donde vamos tomando cosas de aquí y de allí, un aprendizaje integral, completo, mente, alma y espíritu, y nos quedamos nada más con lo que nos interesa, haciendo meramente lo que nos viene en gana, sin detenernos a pensar o perder el tiempo en eso que en otros sitios alguien hubiera querido imponernos, los logaritmos, por caso, o la vida de Julio César.

Por lo menos ahorraríamos en la Enciclopedia Británica…

Pero aparte de ello, del ahorro en libros, y en tiempo para leerlos, ¿cuántos dolores de cabeza nos habríamos ahorrado de haber pasado por una “educación” así, aprendiendo lo que quisiéramos, a nuestro ritmo, sin necesidad de ir por caminos que no son los nuestros, los caminos que llevan a la gente convertirse en médicos o ingenieros, por ejemplo?

Yo, hoy por hoy, casi seguro que sería músico. Le habría dedicado mi vida a la guitarra -por lo menos desde los once o doce años en adelante. Aunque debo admitir que no sé si sería de los buenos, porque temo que sentarme en círculo junto a otros compañeritos con un almohadón en el trasero y que cualquier cosa que rasgara fuese tomada como pequeña obra de arte me habría quitado algo de disciplina, constancia y autocrítica. Bueno, no sería Dave Murray a lo mejor, o Marty Friedman -lectura y solfeo, metrónomos, el esfuerzo de copiar los fraseos de Paganini, etc.-, pero podría andar por ahí, como un trovador y mi guitarra a cuestas, con un morral tejido por mí mismo, haciendo feliz a la gente, tocando en bares canciones de Sui Géneris, o las que se aparecieran, cosas que hablaran de duendes y del amor…

2) Ahora, en serio

Amor… Esa es otra de las palabras que faltan en nuestras escuelas. Amor. En la película La educación prohibida se dice a cada rato: en las escuelas falta amor -en las escuelas “convencionales”, entiéndase. Y tanto se emocionan los educadores y teóricos mentando esta falta de amor, que hasta lloran en cámara, sintiendo el dolor de los niños desamparados en carne propia, y emocionando, de paso, al espectador, que recuerda cuánto sufría en aquellas aulas… o por lo menos es lo que induce la película a sentir: que verdaderamente pasar por la escuela -primaria y secundaria- fue un sufrimiento, y que está siendo un sufrimiento para nuestros hijos, del cual debemos sentirnos horrorosamente culpables.

Por más que un cartel al comienzo nos advierte que “Esta película es el resumen de un aprendizaje que continúa permanentemente y bajo ningún concepto debe considerarse concluyente o absoluto”, lo que sucede en pantalla nos habla de otra manera: la educación alternativa es la única opción verdadera, la única que vale la pena intentar y la única a fin de cuentas que les da a nuestros niños la posibilidad de ser libres y felices. Todo lo demás es imposición y engaño. El “sistema mal planteado” que se menciona todo el tiempo -el de las escuelas convencionales, o tradicionales- se ilustra con caras grises y expresiones lánguidas, miradas perdidas y ánimos extraviados, los chicos son todos infelices, repiten palabras que no entienden, sus movimientos son mecánicos, robóticos, y los maestros unos ogros, cuando no unas señoras desabridas que no saben vestirse, cosa que también, lo del vestirse, vale para los alumnos, horriblemente uniformados -olvidémonos de la poesía de las “palomitas blancas”, acá son pacientes de hospital. En cambio, en el sistema “bien planteado” -el de las escuelas alternativas- los niños corren felices por el campo, sus expresiones son de dicha y abunda el color, se tratan bien entre sí y mariposas y avioncitos de papel vuelan a su alrededor, invitándolos a jugar.

Pocas veces he visto una película que dirija más las simpatías del espectador. Estamos ante una obra programática, por supuesto, que se ha planteado un fin y que opera en consecuencia, conduciéndonos a pensar determinada cosa y no otra, haciéndonos creer que hemos vivido equivocados y que de no optar por lo que estas “educaciones alternativas” nos ofrecen seguiremos errados, maltratando niños, arruinando sus futuros.

En ese sentido el documental es burdo, hosco, sus trazos son gruesos y arruinan los bordes de las ideas, nos perdemos los detalles y es fácil caer en la trampa. La ficcionalización con la que se ilustra el problema -lo que ocurre en las escuelas convencionales- tiende a lo conclusivo y a lo absoluto, por más que el cartel nos avise de otra cosa. ¿Cómo puede ser que el único alumno “malo” del colegio secundario en la película quiera estudiar Marketing después de recibirse? ¡Justamente! El interés en una carrera comercial de este joven –nos hacen creer– lo lleva a ser violento con los que quieren protestar contra el sistema, los alumnos buenos que firman un manifiesto contra la educación que han venido recibiendo, alumnos con padres que no los escuchan y que no quieren ir a la facultad. Es sencillo: este joven violento y malo, que quiere ir a la facultad para hacer publicidades que hagan que la gente consuma lo que no necesita -¿para qué te vas a comprar una pelota si podés hacerte una con medias?-, es el logro del “sistema mal planteado”, un engranaje más, mientras que los demás chicos son angelitos que aún están a punto de salvarse -y de salvarnos. ¿Puede algo ser más obvio, concluyente o absoluto? ¿No nos están conduciendo de las narices? Me parece que en vez de ilustrar en forma cruel y grosera, magnificada, a los maestros y a los alumnos convencionales, deberían haber invitado sus voces a la película -cuatro o cinco ejemplos de escuelas y de secundarias estatales y/o privadas-, a fin, claro está, de hacer la idea menos concluyente, menos absoluta.

(Esta forma que tienen los realizadores de La educación prohibida de convencer al espectador es bastante ingenua y pretenciosa -tal vez por no haber estudiado Marketing-, pero si hablamos de ingenuidad y de pretenciosidad se lleva las palmas el momento en que la película ilustra la capacidad del niño de “absorber” conocimientos como si aquél fuera una célula que se alimenta del entorno. No está usado a modo de ejemplo literario, o analogía poética, sino como si se tratase de dos cuestiones científicamente equiparables. A saber: a) la manera que tiene una célula de seleccionar y dejar pasar a través de su membrana semipermeable lo que necesita para crecer y desarrollarse y b) la “absorción” de cultura por parte del niño [un organismo, según la película, que se crea a sí mismo y que se autorealiza]. Y así como el niño es un organismo, simplemente, la célula es un… ¡ser!… un ser que, como aquel otro organismo con piernas y guardapolvo (a veces), crece y se desarrolla sinla intervención del ser humano en ninguna de sus etapas…¿Alguien se acuerda de Imposturas intelectuales, el libro donde un par de científicos se mofan de los escritores y filósofos de moda que quieren convencernos de que sus estudios sociales pueden nutrirse de herramientas de las ciencias exactas y de las naturales? Bueno, algunos no leyeron ese libro. De paso, los realizadores incurren en una contradicción: si aprendemos de la cultura con idéntico mecanismo al que las células usan para nutrirse, es que sabemos ya -¡innatamente!- qué usar y qué no, qué es bueno y qué es malo, dónde está el acierto y dónde el error… Pero, ¿no me venían diciendo que el aprendizaje es algo integral, total, y que debemos aprovecharlo todo y que incluso los errores sirven, que no son más que pasos necesarios? El mecanismo de la cultura es falible -y bienvenido que lo sea, porque en la mezcla y en lo impensado hay una riqueza inagotable-, tan falible que la célula no puede permitirse hacer lo mismo. No estamos limitados a esta vida de ósmosis tan aburrida que tienen las células… y se nos permite en cambio el ensayo y el error, el análisis y la crítica… Si hay una forma de aprender de la cultura, como dice la película, es esta -por suerte- y no la de una ameba, que ya tiene todo resuelto.)

La película nos habla de amor y buena onda, pero lo que no nos dice la película, plena de entusiasmo y seguramente de buenas intenciones, como así también ninguno de los teóricos y pedagogos entrevistados, de varias partes del mundo, representantes, cada uno de ellos, de vertientes pedagógicas alternativas distintas, aunque con planteos muy similares, es qué hacemos con los contenidos.

Me hubiera gustado mucho que la película me contara acerca de esto, contenidos…

O no hablemos ya de “contenidos”, porque en la película se nos habla a las claras de lo pernicioso que resulta para el docente y el alumno la cumplimentación de un curriculum o de un plan de estudios, así como perniciosa es la exhibición de un diploma, “papel” que no comprueba en absoluto cuánto sabemos, por lo que a fin de cuentas es un papel inútil, un adorno burgués que de manera alguna resume o afirma nada…

Hablemos mejor, entonces, del saber. Hablemos del saber humano acumulado en siglos de humanidad. ¿Qué hacemos con él? Lo de la felicidad, la cooperación y la amistad están muy bien, y también eso del ser, que por lo menos es pintoresco, pero… ¿y el saber?

3) Eso no lo sabo… esto no lo sepo

(“Ya no tiene que ver con un aprender que dos más dos es cuatro, tiene que ver con el poder descubrir tu vocación… tu misión en la vida. Cuando tú eso lo tienes claro, puedes cerrar los ojos, respiras profundo y sabés por dónde ir…” Nos dice una afable, tranquila y más que confiada educadora en la película acerca de qué es lo que importa, para que no queden dudas.)

Yo sé que les espanta el enciclopedismo -el para qué saber esto y el para qué saber lo otro-, pero no puede ser que uno de los educadores entrevistados en la película diga algo como “Lo que nosotros podamos aprender en la escuela hoy, ehhh… dentro de… cuatro años, a lo mejor, cuando el chico salga de la escuela, ya va a estar completamente desactualizado”. Eso es falso, y una justificación ramplona, en todo caso, de la liviandad y de la cuasi despreocupación por enseñar que casi declaman con orgullo estos pedagogos. El progreso científico, por ejemplo, para mencionar sólo un caso, necesita de conocimientos que esta gente consideraría “desactualizados” para poder comprender cómo se llegó a los nuevos conocimientos, hipótesis o teorías. Lo “viejo” -si vale la pena hablar de un saber “viejo”- funciona como sustento y complemento a lo “nuevo”, a lo que en el mejor de los casos esta gente considera actual. ¿Cómo podemos comprender los cambios si no hemos aprendido lo previo? Hablan de descubrimiento… de no “bajar las cosas como verdades”, ¿pero cómo es posible descubrir nada sin un marco conceptual que modere lo que vamos viendo? No hay nada que se descubra en el vacío, o tal vez sí, que el fuego quema, por ejemplo, pero si no aprovechamos los conocimientos previos -otro de los educadores dice que hay que leer los criterios de la naturaleza, no los que salen en los libros (¿?)- en vez de ir hacia adelante nutriéndonos de experiencias y análisis previos nos quedamos -¡otra vez!- sólo con lo primigenio, que el fuego quema, por caso.

Rescato unas palabras de Jaim Etcheverry, docente e investigador que no fue invitado a participar de la película: “Al no requerirse conocimiento previo, se está enseñando que el conocimiento no es jerárquico, es decir, que es un edificio que puede comenzar a construirse por cualquier parte, sin cimientos. Eliminando de esta forma la existencia de una cierta secuencia y continuidad en la educación, se consolida la idea de que la secuencia y la continuidad nada tienen que ver con el pensamiento mismo” (La tragedia educativa, Fondo de Cultura Económica). Muy en cambio, la idea de aprendizaje que tienen los realizadores de La educación prohibida es la de mezclar los ingredientes para hacer una torta, tal como lo ilustran con una divertida animación, justificación, la del azúcar antes que la harina, o bien los huevos después de la leche, con la que pretenden de un plumazo barrer con la idea de planificación curricular. Como si se pudiera poner el carro delante del caballo, estos educadores estiman innecesario el bagaje, la historia incluso, así como toda contextualización. Por ende, no sería extraño que desacreditaran o intentaran al menos toda idea de lógica, y con ello la obligación de pensar en forma conceptual y rigurosa. Detengámonos a pensar solamente en las consecuencias políticas que una “idea” así tendría, políticas, económicas o sociales…

Por otro lado, ¿no temen que si el alumno -niño o adolescente- aprende sólo lo que quiere aprender, o, como dicen ustedes, lo que cree que necesita, no se está estrechando su mundo… simplificando su pensamiento, acotando sus recursos argumentales, su capacidad de expresión? Además, vuelven a incurrir en un error, esta vez uno categórico pues hace a su formulación de la educación como ajena a la idea de “preparar engranajes para el sistema”. Si el niño o adolescente sólo aprende lo que le interesa (o cree que le interesa), su aprendizaje es meramente instrumental, útil, preparado para un fin, uno solo, y nada más. La escolaridad así planteada resulta entonces más pragmática que la del sistema que dicen renegar, o, en otros términos, más papista que el Papa -para no agregar que una educación así alienta a la ignorancia.

4) Saber y Ser no son términos excluyentes, pero en la película sólo le han brindado oportunidad al Ser, nada más (aunque faltó explicarnos de qué clase de “ser” estamos hablando… si viviéramos en un mundo similar al que visitaba Carlos Castaneda de vez en cuando, tal vez bastaría con que fuésemos “uno”, en total comunión, con los hongos alucinógenos y los coyotes, desprovistos de saberes que no tuvieran que ver con nosotros -saber quién fue Mozart o de qué se trata el magnetismo-, pero en el mundo real… En el mundo real necesitamos de un nivel de abstracción tal -sin correlato con los objetos inmediatos de la naturaleza, o con los “seres” que pululan por ahí- que nos permita la elaboración de una clase de pensamiento para interactuar no ya con simpáticas entelequias como el alma, el espíritu y la mar en coche, sino con la política, lo social, la economía… Por eso vuelvo a preguntar, ¿de qué clase de Ser me están hablando todo el tiempo?)

Quiero creer que hay algo más, que hay otra cosa que por alguna razón no han mostrado… Pero en todo caso, si quieren convencernos a los padres de que enviemos nuestros hijos a una de estas escuelas -y puedo asegurar que los realizadores lo desean con todas sus fuerzas-, ¿por qué, si existe, si para ellos también es importante, no se nos habla del saber? ¿No creen que puede llegar a importarnos que nuestros hijos sepan algunas cosas? No ya a hacer pan, a tejer, rudimentos de percusión o a sembrar, sino matemáticas y qué fue eso de la Guerra Fría. ¿No creen importante o por lo menos a tener en cuenta que si queremos crecer como nación necesitamos ingenieros por ejemplo, o científicos, o físicos, para lo cual, no sé si alguien lo puede poner en duda, se debe alentar desde el comienzo de la escolaridad el estudio, el esfuerzo y la disciplina? Ustedes me perdonarán, pero viendo las idílicas imágenes de niños corriendo por el pasto, cosechando su comida y horneando su pan, y luego jóvenes en ronda, distendidos, y escuchando además lo que sus “maestros” tienen para decir, mientras rasgan una canción o les hablan del alma y del espíritu, yo no imagino un futuro con técnicos capacitados para brindarle al país un potencial humano que nos haga crecer, sino cuando menos una pacífica comunidad rural de menonitas en sandalias -les digo que así vamos muertos en las olimpíadas, eh.

Si se quiere ser bueno en algo -no para competir, señores, o superar al otro, sino simplemente como paso necesario para mejorar el mundo que habitamos, lo que ustedes mismos declaman-, hay mucho por aprender, pero mucho, y sencillamente no hay tiempo (¿cómo vamos a pretender que en los estudios superiores el alumno posea hábitos de investigación y de análisis complejos si antes o desde el principio no le exigimos nada? ¿La complejidad es creciente y yo recién empiezo ahora?). ¿O tienen miedo de que saber mucho -más que otro, quiero decir- sea competitivo? ¿Creen que “liberarse” es saber menos? ¿Liberarse de qué? Vi en la película a un muchacho “cargado” con mochilas, caminando con dificultad, así por lo menos me ilustraron cuánto hacemos sufrir a los jóvenes con nuestra pretensión de que se instruyan… Y al soltar las mochilas -nuestra carga-, el joven camina feliz… ¿pero hacia dónde? La transmisión de ciertos datos a nivel temprano -no sé cómo llamar a eso que mencionan como verdades de otros, o eso que hay en los libros– es imprescindible para luego comprender otros datos más elevados o complejos. Y también la evaluación de lo que se conoce. ¿Cómo puede ser subjetiva una evaluación en matemáticas, o en física, por ejemplo, y por ende descartada? ¡Ni siquiera en historia o cualquier ciencia social puede ser subjetiva la evaluación! Se sabe o no se sabe, eso es todo.

Me gustaría preguntarles a los realizadores o a quienes participan en la película, entrevistados, si no creen que la liviandad -por decir lo menos- que demuestran en estas maneras de enseñar, y esto de que el alumno se evalúe solo, o que estudie lo que le venga en gana, no alienta el facilismo y la dejadez. De eso no me dicen nada, y lo lamento, porque tanta alegría y tanta bondad que trasluce la película casi llegan a convencerme, en serio.

4 comentarios

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  1. Leonardo Pittamiglio / Sep 10 2012 8:55 am

    No está bueno este documental. Es una lástima que se lo devore en las facultades. Te deja vacío. Freire no era consecuente con su educación alternativa, era solo una farsa. En Pedagogía del Oprimido reivindica al Che y el sistema cubano, que es lo contrario a que una persona se eduque ella sola. Ahí impera el sistema estatal, la educacion de aula tradicional, con fuerte sistematización y dominio de una única visión de las cosas. La mayoría hace esto, dice A y hace Z.

  2. Roberto Giaccaglia / Sep 10 2012 2:47 pm

    Más que vacío, te deja lleno… ¡pero de una sola idea! Y la película es eso, justamente, decir A y hacer Z.

  3. Leonardo Pittamiglio / Sep 11 2012 9:52 am

    Es una mezcla de muchas cosas. Los que lo hicieron, ni ellos saben lo que hacen. Es parte de la locura de estos tiempo. Estos enfermos hacen un documental como o este, y luego se abrazan a la teta de cualquier tirano del mundo, de tan desubicados que están. La mayoría de los que se ve estas cosas, terminan revindicando líderes de la aristocracia como el Al-Assad de Siria o el Ahmadineyad irnaí como libertarios de tan vacíos que están. Ni siquiera saben que en esos países nadie puede hacer un documental como este y exhibirlo, que estaría o presos o muertos o exhiliados. Tengo un amigo que un día me dice: imprimime esta foto de Ahmadineyad que la voy a colgar en casa… no le digo… vos no sabés lo que estás diciendo, este tipo no tiene nada de libertario ni de igualitario ni de socialista ni de demócrata… ¿quien pensás que es le digo? Este amigo es el tipo de gente que se ve la educación prohibida y se ensueña.

  4. Graciela Fernández / Sep 1 2013 11:42 pm

    Excelente tu análisis de la película, y por si fuera poco, entretenido y muy bien escrito.
    Creo que el documental puede servir para revisar el enfoque de los contenidos. A nosotros nos enseñaron la historia de las fechas, de los próceres impolutos, pero nos quedamos sin entender bien los procesos históricos, las causas y consecuencias sociales de las revoluciones y cómo se relacionaban los hechos entre sí; sería bueno que la Historia se enseñara haciendo comprender los procesos, en lugar de memorizar fechas y nombres de batallas. Y si hay una materia que se da pésimo es Literatura: le matan las ganas de leer al chico. Ahí sí debería haber libertad: nada de enseñarle sobre corrientes literarias, ni hacerle analizar lo que leyó: dejarlo que lea lo que quiera, primero hay que inculcarle el hábito y después, de a poquito, enseñarle el resto, la teoría literaria, que no es imprescindible para disfrutar la lectura.
    A mí me quedaron varios cabos sueltos, cuando vi el documental. Muy lindo que cada uno se desarrolle como quiera, que estudie lo que quiera, pero… ¿eso no nos llevaría a tener, de acá a 50 años, por un lado genios, mentes brillantes que lo saben todo, y por el otro gente que no sabe nada de nada, pero nada, porque lo único que quiere hacer es estar panza arriba dándole a la viola? No saber nada es peligroso… Si se dejara de estudiar la Historia como materia porque a la mayoría de la gente no le importara saber lo que sucedió en el pasado… ¿no se volvería la humanidad más manipulable que ahora?
    Rescato del documental la idea de respetar las inclinaciones naturales del chico y no sobreexigirlo en aquellas materias que no le interesan. Eso me parece bien… aunque lo mejor sería tener buenos docentes que supieran despertar su curiosidad, sus ganas de aprenderlo todo. Yo no viví mis años escolares como una tortura, ni mucho menos, y la mayoría de la gente de mi generación creo que tampoco. Y casi todos, tarde o temprano, terminamos siguiendo el rumbo que nos marcaba nuestra vocación. Eso sí, aprendimos algo que se fue perdiendo: hábitos de trabajo, rutinas que nos permitían simplificar el estudio. Recuerdo a mis maestras de la primaria cuando insistían con el planteo del problema, con poner los números de la suma y la resta bien alineados; eran cosas básicas que ya no se enseñan y entonces los chicos suman mal, y resuelven mal los problemas, porque nadie les enseñó cómo ordenar los datos para razonar. Ahora los dejan que hagan lo que quieran, con la esperanza de que el chico aprenda a resolver por sus propios medios… y así es como llegan a 6° grado sin saber resolver problemas simples de matemáticas, no hablemos de una regla de tres compuesta, no: problemas sencillos, como saber cuánto me sobró después de hacer todas las compras. Tengo 53 años, eduqué una hija, preparo alumnos para ingresar al Manuel Belgrano de Córdoba y voy viendo año tras año cómo va disminuyendo la calidad educativa en todo sentido: a nosotros la maestra nos corregía la ortografía todos los días y ahora no la corrigen nunca; hasta la posición para sentarnos nos corregía la maestra, y que yo sepa, nadie se traumó por eso, al contrario, nos hacían un bien muy grande. Duele ver lo librados a su propia suerte que están hoy los niños; cuando todo, absolutamente todo, está permitido, la ausencia de límites y de objetivos puede producir un vacío peligroso porque lleva al desconocimiento de las propias carencias, algo que es imprescindible para evolucionar y crecer.

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