Skip to content
septiembre 14, 2012 / Roberto Giaccaglia

¡Volvió la política, vieja!

Me acuerdo de la época de Menem. De alguna manera quiere vérsela ahora como época apolítica, en la que a nadie le importaba nada un carajo. Una época en la que lo “nuevo” o mejor dicho, el brillo de lo nuevo, ofuscaba de tal manera el pensamiento que nadie se preocupaba por protestar o quejarse. ¿Pero quejarse de qué, si teníamos teléfonos y televisión por cable? Algunos hasta podían irse a pasear a Miami.
Estaba en segundo año de la secundaria cuando ganó Menem, y con un compañero entonamos la marchita peronista el lunes siguiente a la votación, en medio del aula, apenas apareció la profesora de Contabilidad, que era radical hasta la médula. Todos en el aula eran radicales, o mejor dicho hijos de radicales, pero se bancaban nuestro canto, no tanto por la pasión que poníamos, sino porque lo hicimos para hincharle las pelotas a la profesora. Sin habernos puesto de acuerdo, habíamos llevado recortes de diarios a página completa con el triunfo de Menem. En la foto que yo llevé -tomada de La Voz del Interior, en riguroso blanco y negro-, aparecía Menem descamisado, con patillas, sonriendo de oreja a oreja, con su mujer al lado, la Zulema, levantando la mano, saludando a todo el mundo. Y yo enarbolé la foto, orgulloso de mi nuevo presidente, pero sobre todo para jorobar a la de Contabilidad, que dijo, casi textual, “Lo siento, pero este presidente no me representa”. Después nos preguntó si ya habíamos terminado de festejar y si era así, si podía empezar con la clase. Son esas cosas que dichas humildemente avergüenzan un poco al que se puso a molestar.
Por supuesto, la política no podía importarme menos. Al poco tiempo ya me había olvidado de mi fanatismo súbito y honestamente me resbalaban todas las noticias que produjeran Menem y su entorno. A mi viejo sí le importaban porque era peronista perro, como mi abuelo, su padre, que cada vez que se acordaba de Perón se ponía a llorar. Es más, aquel lunes, al mediodía, estaba invitado a comer a casa, y dijo, cada vez con más dificultad a medida avanzaba la frase, que para él empezaba un nuevo país, una nueva Argentina, hasta atragantarse con los ravioles que había hecho mi vieja, que si votó a Menem aquella oportunidad, como en todas, lo hizo porque su marido se lo había dicho, no por otra cosa, porque la pobre si hoy estuviera viva no distinguiría a Macri del Partido Obrero.
Es normal que un hijo quiera despegarse de sus padres. Y yo empecé por la política, así que no tardé en despreciar a Menem, a su entorno, a todo lo que representaba, y a leer preocupado las noticias sobre los escándalos que el riojano se encargaba de producir casi a diario. Ahora dicen que aquellas eran épocas apolíticas… ¡Ja, no recuerdo haber visto más programas políticos de televisión en mi vida! Con mi viejo peleábamos todo el tiempo, cada vez más. Mientras más veía y leía y más me informaba, más beligerante me volvía y al pobre no le perdonaba una. Los almuerzos y las cenas se habían vuelto una cosa imposible. Yo creo que si entre los dos no matamos a la vieja con nuestras discusiones, anduvo cerca.
Mi abuelo murió con Menem aún de presidente. Tal vez murió con la idea de que su querido caudillo iba a ser presidente para siempre. El tipo iba por el segundo mandato y no parecía aflojar en pos de un tercero. Si la gente lo pedía, ¿o no? Al menos eso nos hacían creer sus ministros. Sus ministros y no poca gente en la calle, porque ahora se me había dado por charlar de política más o menos con cualquiera. Ustedes están todos locos, decía yo. El humor había cambiado y de pronto ya no había tantos radicales en el pueblo. Ahora eran todos menemistas. (Nuestro intendente seguía siendo radical, pero en este caso su elección no tenía nada que ver con colores políticos, se lo votaba por amigo, todos lo veíamos como buena persona así que se lo elegía una y otra vez.) A esta altura yo ya no peleaba sólo con mi viejo, sino con cualquiera, repito. Y bueno, yo era la única persona en el pueblo que leía Página 12.
El diario ponía esas fotos de desaparecidos, con poemas y recuerdos de amigos y de familiares que te partían el alma. Y yo decía: ¿Pero cómo le votaron a este hijo de puta de nuevo después de haber indultado a los milicos? No me entraba en la cabeza. La gente hablaba de estabilidad. Y bueno, sí, a mí la estabilidad me permitía comprarme discos importados al precio que los hubiera conseguido en Londres, y encima llegaba de todo. La Argentina, comparado con mis tenues recuerdos de los ochenta, me parecía un país moderno, que no tenía nada que envidiarle a ninguno… Lástima que estaba este impresentable en el sillón presidencial, un bruto que rebajaba al champán a la condición de gaseosa y que bailaba con Yuyito González.
En el 95 -creo que fue en el 95-, voté en blanco, y mis amigos al pelotudo de Bordón. Qué poco creíble que era ese bigotudo, por Dios. Yo creo que si hubiera sido presidente nos habría cagado el doble. Pero no importa, porque no ocurrió. Neustadt desde la televisión nos decía babeándose que el ganador iba a ser Menem y por supuesto no se equivocó. La victoria del ex patilludo fue apabullante. Lo vi a mi ahora ex compañero de secundaria subido a un camión, en medio de una caravana atronadora, festejando con unos choborras, con la bandera argentina y todo, saltando porque no eran radicales, y me saludó. Lo veía desde la vereda del frente, digamos, aunque sin ser radical ni nada que se le pareciera. Sentía… ¿cómo decirlo sin sonar odiosamente orgulloso? Bueno, lo digo como me sale y listo: sentía que yo había crecido, que había evolucionado, y que él no. Sentía que se había quedado estancado en el gesto idiota de nuestros doce o trece años, que lo suyo era infantilismo político, aquel del que se aprovechan los vivos, los inescrupulosos, que si no se avergüenzan de dejar a miles de personas sin trabajo y con ello ajustar la economía menos lo harán por mentir para lograr votos. Pero claro, yo leía. A mí no me iban a joder. Este ex compañero no leía ni el almanaque, y a mi viejo lo único que le importaba era el fútbol. A ellos sí los engañaban. Joder, nos jodían a todos, pero al menos algunos nos dábamos cuenta de que nos estaban jodiendo.
Aparte de heavy metal, me gustaba cierto folklore. José Larralde, por caso. Y yo lo escuchaba en las entrevistas o lo leía y el tipo hablaba mal de Menem, pero con elegancia, sin nombrarlo, hablaba de la gente que se iba quedando sin trabajo, día a día, del empobrecimiento sostenido del país por más que a la legua, si uno lo miraba de lejos, parecía otra cosa, puro jolgorio y abundancia. ¿En serio José? Te juro que no sabía. Yo a Menem había empezado a odiarlo por indultar a los militares y por los hechos de corrupción, pero de eso de la gente que se iba quedando sin trabajo nadie decía nada… Ni el Página 12, mi diario de cabecera, que se enfocaba puramente en los hechos de corrupción del presidente, de sus ministros, de sus amigos, de sus familiares… Uno encuentra lo que busca, así que ahí, advertido, me empecé a dar cuenta de que las fábricas cerraban, que la gente se quedaba sin empleo, y palabras como indemnización, e intentar salvarse con un remisse, un video club o un almacencito empezaron a aparecer frente a mis ojos.
Por suerte estaban las columnas de cierto periodista de Página 12, los domingos, en el suplemento de Economía, que me explicaba estas cosas, lo que estaba sucediendo. Decía que una práctica económica usual -y despiadada, pero eso no viene al caso-, es sostener el tipo de cambio con los trabajadores. Sacrificando cada tanto unos cuantos, la moneda puede muy bien anclarse al dólar, y el país vive en su fantasía de cosas baratas hasta que, en fin, ya no queden trabajadores o queden tan pocos que la palabra “sueldo” corra peligro de desaparecer del sistema. Es ahí cuando la fantasía se termina y todos nos despertamos con el culo a cuatro manos. Él lo explicaba de una manera más técnica, por supuesto.
Cuando la gente se cansó de Menem, yo ya estaba por terminar la facultad. Me había metido a estudiar periodismo, y lógicamente de política se hablaba un montón. No había un sólo profesor o alumno que no hablara pestes del gobierno. Y el periodismo es eso, flaco, te guste o no: criticar al poder, darle con todo. Para hablar bien del poder, ya existe el poder, el poder y sus putas, que ahora en Argentina no se llaman putas, sino intelectuales, o artistas. Bueno, artistas… Florencia Peña, quiero decir, cosas así.
Entonces me convencí de que subiera quien subiera, la crítica había que ejercerla siempre. Que si nos cabe alguna función -no ya como periodistas o escritores, sino como ciudadanos- es esa.
Estaba por subir De la Rúa. Era cantado. Lo impensado meses atrás, que un flaco amargado con menos carisma que una mosca le ganara al delfín de Menem -Duhalde- (¡de Menem, un tipo que en las pasadas elecciones presidenciales había arrasado y al que todos coincidían en ver como un presidente histórico!), estaba por suceder. Página 12 lo AMABA, decía cosas maravillosas de él, de él y de todo su equipo. El Chacho Álvarez era un genio, un licenciado nomás, pero un genio de cualquier manera. Para no mencionar a Terragno, un semidiós. Y la Meijide, otro tanto, un baluarte de la democracia y la lucha por los derechos humanos y qué sé yo. Y bueno, empecé a desconfiar. Si este diario habla desesperadamente bien de esta troupe, me decía, por algo será. Y lo fue. Hablaba bien porque eran malísimos. Y sólo habían ganado porque la gente, simplemente, se había cansado de Menem.
Eso es lo bueno de la política. Que la gente, tarde o temprano, se cansa. Simplemente, sin que nada venga a cuento. Por más que los diarios digan una cosa, o que la televisión remache con otra. Por más que nos regalen la caja del PAN (¿cómo no acordarse del logo del Plan Alimentario Nacional de Alfonsín, todo azul y con una familia tipo alzando los brazitos feliz dentro de la sigla?), o el fútbol sin codificar, por más que nos prometan seriedad, baje el riesgo país y nos repartan computadoras, la gente se cansa.
Grondona será un hijo de mil putas, pero tuvo razón en algo: Todo pasa.

4 comentarios

Dejar un comentario
  1. Nadie / Sep 18 2012 2:42 pm

    Ojalá, viejo, ojalá.

  2. Leonardo Pittamiglio / Oct 26 2012 7:47 am

    Una lástima el estado político actual de la Argentina. Se les fue la mano ya con el delirio.

  3. Roberto Giaccaglia / Oct 26 2012 1:19 pm

    Es que acá el realismo mágico lo han practicado los políticos. Toda la fantasía se la hemos dejado a ellos. Y así nos va.

  4. Graciela Fernández / Sep 1 2013 10:44 pm

    Después de amargarme con tu crítica a Quinoacorp, el libro de Julio Torres, se me ocurrió ver otras entradas tuyas. Grata sorpresa. Me encantó este post, escribís muy bien.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: