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septiembre 21, 2012 / Roberto Giaccaglia

Es preciso estar alerta

Ya me cansó un poco lo que está haciendo la prensa con Maravilla Martínez. Vas al quiosco y está en todas las revistas, y en todos los diarios, como si fuera lo más relevante que pasó en los últimos días, o algo que recordar especialmente. Algo que recordar, especialmente, fue cuando le ganó a Kelly Pavlik, en una pelea donde se lució en serio, no porque el sábado 15 de septiembre haya peleado mal, sino porque en la oportunidad en que lo hizo con Pavlik peleó con un boxeador, no con un chico mimado al que le ponían en frente paquetes para que desarmara a gusto y con eso sumar “rivales” vencidos. Está claro que Maravilla Martínez fue mucho más de lo que el pobre Chávez Jr. merecía enfrentar, y por eso salió una pelea tan mala, que sólo despertó a la gente al final, cuando Chávez lo encontró con una mano que podía haber sido histórica. Cualquier otro boxeador, en lugar de Chávez, habría terminado la pelea de otra manera, aprovechando lo prácticamente drogui que estaba Martínez -a quien hay que reconocerle, eso sí, el enorme mérito de no haber recurrido al clinch, sino a lo que le quedaba en los puños-, pero se nota que Chávez es del montón nomás, más un proyecto paterno de que el apellido perdure otra generación que otra cosa. Pero claro, la Argentina necesita ídolos, como sea, y acá tenemos al nuevo, a quien muestran como si hubiera enfrentado al Canelo Álvarez o a Floyd Mayweather. Ante el triunfalismo que le dedican (el único que se animó a poner paños fríos sobre la victoria del argentino fue “Falucho” Laciar, que algo del tema sabe), me da mucha pena que se hayan olvidado de otro peleador que ganó esa misma noche, a pocos metros del estadio donde se celebraba la pelea Chávez-Martínez, aunque de forma mucho más categórica: el Chino Maidana. Esa sí que fue una buena pelea. Pasa que el mexicano -Jesús Soto Karass- que enfrentó Maidana, sí ofreció resistencia. No fue un mero puching ball, que se paraba en medio del ring a recibir lo que el otro quisiera tirarle, como hizo Chávez. Sin ser gran cosa, Soto Karass puso al menos decisión, tiró golpes sabiendo lo que hacía. No lo ampara un gran récord, ni mucho menos, pero su determinación produjo ese mismo sábado una pelea de características muy superiores a la que protagonizó Martínez. Y la definición de Maidana, por otro lado, fue de alta escuela: no porque “jugara” con su rival, algo que nos quieren hacer creer en la pelea de Martínez -que por esa la pelea duró tanto, dicen-, sino porque la pudo definir de esa manera: yendo a terminarla cada vez que se le presentaba la oportunidad. Falucho, justamente, cuestionó la falta de capacidad que tuvo Martínez para definir la pelea, y no se traga lo que otros usaron como justificación: que Martínez peleó más de la mitad del combate con una mano lastimada.

Le pasa algo a Maidana luego del tercer o cuarto round en cada una de sus peleas: pareciera “irse”, alejarse por un momento de la contienda, apenado, quizá, de no haberla podido terminar en el primer o segundo asalto, buscando una respuesta de por qué no fue así. Entonces deja de tirar golpes y recalcula. Se bloquea, como un GPS al que el conductor no le hiciera caso. El otro boxeador entonces aprovecha y se agranda, creyendo que Maidana se cansó. Es cuando Maidana parece encontrar la respuesta y termina la pelea. Es curioso de contemplar, pero da toda la impresión de que funciona de esa manera, o de una muy parecida por lo menos. Lo mismo ocurrió el sábado pasado: en el tercer y en el cuarto asalto, el mexicano se agrandó y lo comprometió bastante al Chino. Pero son los “ida y vuelta” como estos los que generan una pelea digna de ver, y no la exhibición de Martínez dándole a un muñeco -sin poder derribarlo- que nos mostraron esa misma noche. Por eso es una pena que Maidana esté opacado por este “gran” triunfo que nos quieren vender. De cualquier manera, no creo que a Maidana le importe demasiado. Parece ser un tipo humilde, que no se la cree.

Lo de Martínez, por supuesto, es claramente otra cosa, la vanagloria personificada. Sé, con todo, que el tipo está viviendo su momento, y bien merecido que lo tiene, pero también entiendo que todo lo que está mostrando no se trata más que de un personaje. De vez en cuando aparecen fanfarrones en el mundo del boxeo, fanfarrones que, obviamente, tienen con qué sostener su engreimiento. Si no, no tendría gracia. Uno de los casos que me resultan más simpáticos actualmente es el de Adrien Broner, también conocido como “El problema” -el mote más inteligente, justo y elegante que se encontró en mucho tiempo para boxeador alguno. Adrien hace caritas cuando lo presentan en el ring, como si estuviera posando para una publicidad de crema de afeitar, mientras uno de sus segundos hace como si lo peinara, y él se acaricia la barbilla, convenciéndose a sí mismo ante un espejo imaginario lo buen mozo que es. Pero lo peor es cuando después del descanso aleja a sus segundos para mirar en soledad cómo atienden a su rival en la esquina opuesta, dando a entender que él no necesita más tiempo, o cuando baila en el ring después de voltear a su rival, mientras le están contando y sabe que no se levantará. Luce todo el tiempo una pinta de estar diciendo “Soy demasiado bueno para estar acá”. Y tal vez tenga razón -por ahora. Tyson hacía algo parecido. Normal en una persona que fue campeón del mundo a los 20 años. Y por supuesto Ali, fanfarrón como él solo. Para no hablar de “Prince” Naseem -este sí que “jugaba” con sus rivales-, que hacía de la fanfarronería un espectáculo en sí mismo -a veces hasta un poco empalagoso de ver.

Las cámaras de televisión adoran a estos tipos, y las lentes que los apuntan saben de sobra que ellos se sienten adorados, envidiados, y esto no les sirve para otra cosa que envanecerse aún más. El caso de Maravilla es un poco extraño comparado con el de todos estos, porque la fama le vino de grande, a la par que su engreimiento. Quiero decir, uno espera que el tiempo serene, aplaque los ánimos, aquiete las hormonas de la vanidad, pero no, en este caso el tiempo -junto con el dinero y las cámaras- han hecho que todo eso explote, así que tenemos a un boxeador ya mayorcito comportándose como un veinteañero que acaba de ganar su tercer millón y voltear por lo menos a su segundo gigante. Y no sé lo del “millón”, pero gigantes Maravilla aún no ha volteado. Sí lo volteó a Paul Williams, en un knockout que fue uno de los más sorprendentes que yo recuerde, y le ganó al ascendente y promesa de estrella Pavlik -repito-, y no sólo le ganó, sino que de alguna manera “sepultó” su carrera. Pero frente a Chávez Jr., Maravilla no estuvo frente a un gigante, sino a un boxeador del montón con un apellido histórico y un respaldo inmerecido. Un niño consentido, que ahora, encima, acusan de haberse fumado un porro antes de la pelea… (se entiende, con un padre hincha pelotas como tiene él, cualquiera querría ponerse un poco alegre, como fuera, olvidar quién es, dónde está). Tanta prensa y jolgorio a destiempo -que deberían haber aparecido antes, frente a Pavlik o al mencionado knockout propinado a Williams-, generan a su vez expectativas probablemente desmedidas, de aquellas que no sólo le hacen creer a la gente cosas que no son –¿tan necesitados de ídolos estamos?-, sino también al propio centro de atención. Veremos, claro que sí (“Uno emite cheques con la lengua que el culo no puede pagar”, dicen que dijo el Indio Solari alguna vez). A Maravilla le sobra talento -y trabajo… ¿vieron el físico que tiene este vejete?-, y no creo que se le gaste culpa de la exposición a la que se le viene sometiendo y se le someterá en los días venideros (maldito seas Tinelli). Con todo, no es Broner, ni Naseem -que se despidió del boxeo después de haber encontrado la horma de su zapato, su primera y única derrota, frente al mexicano Marco Antonio Barrera-, y ni siquiera su vanagloria es divertida, sino la de un hombre que con los años acaba de descubrir -o por lo menos de ser convencido de tal cosa- que es mejor que unos cuantos. Sólo eso. No sé si alcanza. Pero como dice el poeta sobre la vanidad: es yuyo malo, pero no falta el varón que la riega hasta en su puerta.

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