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agosto 4, 2012 / Roberto Giaccaglia

Lo que no hay que hacer si uno quiere escribir, aunque sea masomeno #2

Siguiendo con nuestra columna “Todo lo que usted NO tiene que hacer si quiere escribir, aunque sea masomeno”, les traemos en esta oportunidad a la coach de relaciones de pareja señora Viviana Rivero, y su novela que ya va como por la séptima edición, Secreto bien guardado (Editorial Emecé, 2012).

Adelante Viviana:

Durante el día, Amalia y Marthin solían cruzarse en alguna parte del hotel o por las mañanas en el desayuno; cuando lo hacían se saludaban de manera distante, a veces con una simple inclinación de cabeza; y en el tiempo que los alemanes llevaban en el Edén, sólo una vez se unieron a una actividad general del hotel; el programa elegido fue la cabalgata matutina del grupo ecuestre de Amalia. Si bien hubo sorpresa al encontrarse, el intercambio de palabras entre él y la muchacha fue exiguo, cual si nunca antes se hubieran visto antes”.

Primero que nada, debemos decir que el día incluye la mañana. Así que la conjunción “o”, usada para añadir otra posibilidad (por ejemplo: Ponete el blanco “o” el azul), no sirve cuando decimos algo como: “Se cruzaban durante el día o la mañana” (porque la mañana ya está ahí). En realidad, toda la idea de “la mañana” está de más… Y bien pensado, ya eso de “durante el día” sobra. A Viviana le habría bastado con algo como: “Amalia y Marthin solían cruzarse en alguna parte del hotel, a veces en el desayuno”.

Lo segundo, la cantidad de puntos y coma. Son esos signitos que se usan para bizquear en las conversaciones de chat. El popular “wink”. No sirven para otra cosa. Ya lo decía Kurt Vonnegut: los puntos y coma sólo se usan en redacciones de secundaria. En el caso del pequeñísimo párrafo que Viviana nos trae de ejemplo, vemos tres (¡3!) puntos y coma, encadenando oraciones que estarían mucho mejor encadenadas con puntos seguidos (las dos primeras), y con dos puntos hacia el final. Allí donde dice: “…sólo una vez se unieron a una actividad general del hotel”, ponemos los dos puntos para aclarar enseguida de qué se trata, creando un efímero suspenso mucho más efectivo que la sequedad del punto y coma, que parece terminar con la idea y pasar a otra cosa. ¿Ven? Queda más lindo.

Lo tercero, aquello de “Si bien hubo sorpresa al encontrarse, el intercambio de palabras entre él y la muchacha fue exiguo…”. Querida Viviana, así como lo cortez (Alberto) no quita lo cabral (Facundo), la sorpresa del encuentro no excluye la insignificancia del trato. Los amantes se ven, abren grandes los ojos, tal vez se sonrojan un poco y… ¡siguen su camino! ¿Por qué no, si la idea es que nadie se entere de que se aman? Hola y chau, como quien dice. Además, como ya nos venías contando, Viviana, no se esperaba mayor contacto o charla del encuentro… ¿o acaso no nos dijiste que cuando se veían “se saludaban de manera distante”?

Y para concluir la lección que nos trae Viviana, debemos rescatar -como si no saltara ante nuestros ojos-, el tremendo y se diría que hasta desmedido uso del énfasis puesto en el adverbio “antes”. Lo que así usado, como Vivi, vendría a decirnos algo como: “Nunca se habían visto en un tiempo anterior… ¡y anteriormente tampoco!”. Como para que a nadie le queden dudas, le queden.

Eso fue todo por hoy, amigos. Para más consejos acerca de lo que NO debe hacerse cuando se escribe -¡quizá a partir de este mismo libro, tan generoso!-, sigan sintonizados.

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agosto 2, 2012 / Roberto Giaccaglia

Lo que no hay que hacer si uno quiere escribir, aunque sea masomeno

La joven de largo vestido negro miró a través del ventanuco el rojizo resplandor que encendía el amanecer en las nubes y permaneció en silencio, con expresión serena. Por detrás, un goteo incesante de sangre caía y repiqueteaba, derramándose sobre la escalera”.

Primeras líneas de El umbral del bosque, del argentino Patricio Sturlese (Editorial Suma, 2012).

La verdad que ya cansan un poco -¡y son las primeras! ¿Por qué no poner algo como…

“La joven miró el amanecer. Detrás, la sangre se derramaba sobre la escalera”… y listo el pollo?

Alguien que se detiene a mirar un amanecer, debe estar tranquilo y basta muy poco para dar a entender que lo hace en silencio. ¡Se sobreentiende Sturlese! Si estuviera apurado no se quedaría como un pavo mirando el cielo. Y si está tranquilo, por ende, no va andar chillando.

¿Y para qué aclarar que la joven lleva vestido negro, y encima largo? ¿No conviene que el lector se la imagine en desabillé, por ejemplo?

¿Y lo del “ventanuco”? ¿A quién le importa si lo hace a través de un ventanuco, una ventana o un ventanal? Algún agujero en la pared debe de haber para estar viendo el amanecer, ¿no?

Y ya lo de “rojizo”, “resplandor” y “nubes” es demasiado. Un poco mucho, como decía mi tía. ¡Los amaneceres son rojizos y resplandecen Sturlese! Y en el cielo hay… ¡nubes!

Luego, eso del goteo incesante… ¡Si después nos dice que caía y repiqueteaba! ¡Todo lo que cae y repiquetea es incesante, Sturlese! Aparte se derramaba, ¿entendés? Todo lo que se derrama, fijate bien, ¡también cae!

No hay manera con estos pibes. Una sola clase en el taller literario y ya quieren publicar un libro.

julio 18, 2012 / Roberto Giaccaglia

Paraísos artificiales

Arrecife, Juan Villoro, 240 págs., 2012, Anagrama, Barcelona.

Yo no sé nada de muertes violentas y todo eso, pero he visto muchas series yanquis por lo menos. Cuando aparece alguien muerto, por un ejemplo con un arpón clavado en la espalda, ¿no se espera a la policía para retirar el cuerpo, a un juez, a un fiscal, a un detective, algo? ¿No “cuidan” el lugar a fin de preservar huellas y pruebas y esas cosas? ¿No ponen una cinta de “prohibido el paso” en torno al cadáver? Bueh… En la novela de Villoro no. Entran dos tipos con una camilla, levantan al difunto y se lo llevan. “Personal de intendencia”, pone Villoro.

En fin.

Me quedé pensando en eso y la novela ya se me arruinó un poco.

Después, ya más avanzada la novela, digamos en la página 35, medio abrumado por la cantidad de datos y de recuerdos agolpados del protagonista -vidas de otras personas, con las que se va cruzando-, pensé en otra cosa: en si ya hay algún nombre para la literatura que pergeñan los Villoros, Fresanes, Lorigas y en menor medida Bolaños de este mundo.

Tal vez no haya un nombre todavía, porque, simplemente, no hay nombre tampoco para la enfermedad que aqueja a los que basan su arte en la cita constante de aquello que los inspira (no es la “angustia de las influencias”, al decir de Harold Bloom, es otra cosa, porque estos tipos están muy contentos de mostrar lo que les gusta). El arte como curaduría, como selección, y también como cálculo. Un arte, por así decirlo, japonés: el de la apropiación de referencias para realizar un producto que nunca termina siendo propio, sino un rejunte, aunque refinado, de creaciones ajenas. El producto final puede resultar vistoso, ameno, disfrutable, e incluso, aunque raras veces, mejor que el original, pero salta a la vista que no es el impulso que les dio origen una fuerza sanguínea, un brote del alma, el cosquilleo de expresar cosas, sino más bien el ímpetu del coleccionista que llegado cierto punto quiere hacer algo con todo el material acumulado, aprovecharlo, digamos, de alguna manera. Los Villoros, Fresanes, Lorigas y en menor medida Bolaños de este mundo han leído mucho, han visto muchas series y muchas películas (clase B), algo de música han escuchado (rock de los setenta, principalmente) y es imposible no ver todo eso en sus libros.

Varias veces pensé, pues, que es obvio que hay un hilo conductor, un eje, una línea de puntos por lo menos, algo que los une, los emparenta y hasta hace que se confundan, pero no conseguía verlo del todo. Y ahora se me ocurre que, entre otras cosas, es el rock. La novela de Villoro es bastante rockera. Tenemos a Lou Reed dando vueltas por ahí, y a Jaco Pastorius, entre otros. Es que el protagonista es un ex bajista de rock y ex drogadicto que ahora trabaja como musicalizador en un acuario, y se la pasa recordando la época en que tenía una banda y hacía locuras, un poco espantado de tener un trabajo tan raro, en un ambiente kitsch, artificial, farsante. Su vida se transformó en lo que de joven nunca hubiera pensado, una traición a sus principios, o por lo menos a sus gustos.

Pero esta novela no es sobre la juventud perdida, o sobre cómo nos ponemos viejos, nos arruinamos y esas cosas (asuntos más bien colaterales), sino sobre un crimen, o un par de crímenes. Una novela policial, quiero decir. Con muertes, misterios, amigos sospechados y algo de corrupción política.

En este contexto, mencionar datos de la vida de Jaco Pastorius -cómo murió, quién fue su mentor, etc.-, es raro, tal vez algo kitsch, un poquito artificial, tal vez una farsa. ¿Quién quiere saber nada de Jaco Pastorius leyendo una novela? Luego, en la página 99 el protagonista nos dice quién fue Ahmad Rashad/Bobby Moore, y luego en la 100, nos informamos acerca de Khalifa Rashad. Sigue siendo raro. El problema no es que las novelas se confeccionen con información que por lo general no viene al caso (eso se hizo siempre: las dichosas muestras de erudición que rescatan durante unas cuantas líneas al escritor cuando se queda sin ideas), sino que esa información hoy se consigue fácil.

-Hijo, ¿qué quieres ser cuando seas grande?

-Escritor, padre.

-¿Y si no te sale?

-Leo la Wikipedia un rato y copio lo que más me guste.

-Adelante.

Cosas que no me gustaron:

Página 63: “El Tercer Mundo existe para salvar de aburrimiento a los europeos”. Bueno, sí. ¿Quién no lo sabe? Y más, en la página 146: “Estados Unidos y Europa llenaron el mundo de mierda para desarrollarse, pero no quieren que hagamos lo mismo”. ¿Por qué no podemos eliminar la protesta de bajo vuelo, la queja gallinácea, de la literatura? ¿No es acaso este supuesto compromiso otra forma de sumisión?

Página 78: “Mientras él se relajaba en el jardín, la madre preparaba alegres guisos sin sabores”. O lo uno, alegre, o lo otro, sin sabores.

Página 122: Aparece una argentina. El esfuerzo de Villoro por hacernos notar tal cosa y convencernos de que el protagonista está charlando con una argentina es de tan denodado un poco lastimero: a los “nene”, “vos”, “boludo”, “romper las pelotas”, etc., se suman la petulancia desmedida con la que se nos identifica en todos lados. No puede decirse que esté mal logrado (a no ser una de las frases de la argentina: “El agua está envenenada, ¿a qué sí?”. Ese ¿a qué sí? yo lo cambiaría por un ¿no es cierto?), pero la aparición de este estereotipo, pintarrajeado, también es porque sí. Por mí, la turista argentina podía haberse quedado en casa, y ni aparecer por la novela. ¿A qué viene? ¿Para que Villoro demuestre que sabe -más o menos- cómo hablamos los argentinos?

Página 124: “Tomé un taxi de sonoras hojalatas”. ¿En serio Villoro, o nos estás jodiendo? ¿Sonoras hojalatas?

Página 130: “Corrí con el impulso de quien tiene algo que encontrar”. No me cierra, che. El que tiene algo que encontrar más bien va a tientas, despacio, fijándose en todo, tratando de no perderse nada, pensando, de paso, en cada detalle que pudo habérsele escapado. La figura de quien tiene algo que encontrar, se debe usar para eso, no para el que corre desesperado.

Página 157: El protagonista mira cierto paisaje a través de una ventana que nunca ha sido limpiada. Justo en ese momento, se entera de una mala noticia. Y dice, reflexionando hondamente: “La vida era un vidrio sucio, saturado de salitre”. Cursi.

Página 178: “Los lugares apartados sirven para decir cosas que en otro sitio carecen de sentido”. ¿Lo qué? Para mí lo que carece de sentido es esta frase.

En varias páginas: ¡La cantidad de veces que se dice la expresión “Estás pedo”! (Por Estar en pedo).

Cosas que me gustaron:

Página 116: “Se puso de pie, con la energía de quien irá lejos”. Muy buena imagen.

Página 129: “El viento sopló de pronto, tirando una sombrilla. Sandra se despertó. Me miró con susto, como si yo fuera el responsable del mal clima”. ¿Quién no sintió algo como eso alguna vez y no lo pudo explicar?

Página 146: “Los amigos de la infancia son un suero que te conecta con cosas que no quieres recordar”. Ja. ¿A quién no le pasó?

Página 177: “Nunca confíes en un fumigador que no hable maravillas de los insectos”. Mucha razón. El mejor, es quien respeta al enemigo.

Página 180: La acertadísima descripción del turismo que hace uno de los personajes: castigo aceptado como diversión, gente con sándwichs indigeribles en el estómago y la cabeza a punto de estallar por el jet-lag. Una visión desangelada del mundo, con la que suelo no concordar, pero que me hizo mucha gracia.

Las últimas páginas de la novela, luego del embrollo policial-político-rockero-ecologista-bien pensante, son muy buenas: una distopía, un mal sueño, la forma en que acaban todos los paraísos artificiales.

junio 30, 2012 / Roberto Giaccaglia

Moriremos como ratas

La civilización del espectáculo, Mario Vargas Llosa, 232 págs., 2012, Alfaguara, Buenos Aires.

¿Qué pasa Vargas? Tenés tu Nobel, te invitan a inaugurar ferias del libro, habrás hecho algún que otro millón… ¿no? Divertite con todo eso, aprovechalo, animate un poco. ¿Para qué deprimirte pensando que “la especie humana está en riesgo” culpa de una “confrontación o un accidente atómico, o la locura sanguinaria de los fanatismos religiosos y la erosión del medio ambiente” (pág. 201).

¿No será un poco mucho?

Me amargaste más que Sabato, mirá lo que te digo. Es más, preferiría salir a tomar algo con Elisa Carrió, que se queja menos.

¿A qué vienen esas reflexiones de que hoy la cultura te está tomando el pelo? ¿A vos solo? Pero bueno, dejemos eso. Pongamos que tenés razón, pero… ¿qué remedio hay? Sin ir más lejos, vos mismo das la clave de todo el asunto en un solo párrafo de tu libro: “No se trata de un problema, porque los problemas tienen solución y este no lo tiene. Es una realidad de la civilización de nuestro tiempo ante la cual no hay escapatoria” (pág. 134). Exacto.

¿Seguimos? Como quieras. Pero mirá, antes te quiero decir una cosita: Yo ya había leído tu libro. Sí, en serio, sólo que antes de que lo sacaras. Me leí, por caso, Cultura y contracultura, de Jorge Bosch, La tragedia educativa, de Etcheverry, y Los bárbaros, de Baricco. Todos estos son, perdoname, mejor que tu propia versión del “problema” -aunque hay que decir que los dos primeros, como el tuyo, son bastante quejosos. Digamos que me quedo con Los bárbaros, que en vez de llorar por la leche derramada la aprovecha para que al menos coma el gato.

¿Qué hace Baricco que vos no? Simple: se ríe del asunto. Y no sólo eso, a contramano de la idea peregrina que tienen Jorge Bosch, Etcheverry y tú mismo de que todo-pasado-fue-mejor-ay-cómo-sufrimos-las-madres, Baricco nos cuenta de que acerca del malestar de la cultura, de la liviandad y de la inmoralidad de la sociedad ya había algunos que se asustaban en… ¡1824! Un año al que apuesto desearías volver por más de una razón. Pero fijate, ese año un tal Beethoven presenta una sinfonía en Viena. Y un crítico londinense se alarmó de lo que escuchó en la sala, clamando que el gusto se había rendido a la frivolidad, la afectación y la superficialidad, algo propio de “cerebros que no consiguen pensar en otra cosa que no sean los trajes, la moda, el chisme, la lectura de novelas y la disipación moral”. Tomá para vos. 1824: ¡lo que faltaba para que empezara Tinelli!

Pero te pido que te detengas en una fracesita de este crítico: Cerebros que sólo piensan en la lectura de novelas. ¿Te imaginás lo que habría pensado este tipo de La ciudad y los perros, por ejemplo? Yo creo, estimado, que este crítico habría dicho que esa novela está escrita para lectores que se merecen la sinfonía de Beethoven.

La “aventura espiritual” que vos decís haber descubierto en los libros, y que lamentás que los jóvenes de hoy ni se asomen a mirar, en los tiempos en que Beethoven presentó su dichosa sinfonía no era más que un pasatiempo baladí, carente de elegancia, de pureza, sin la elaboración que necesitan la ciencia o el verdadero arte. ¿Sabés lo que habrían hecho con tu amado Joyce?

Estoy con vos en que el esnobismo es una plaga que viene cegando segando la calidad allí donde se anima a aparecer, para suplantarla por cualquier cosa de digestión rápida, fácil y sin problemas, y que cuando no es el esnobismo se trata de una mera ramplonería instaurada por mercaderes más vivos que uno, capaces de dirigir nuestros gustos y apetencias, de programar las luces de un escenario donde debamos movernos una temporada o dos, pero… ¿no fue siempre así? No sé flaco, yo a veces deseo haber nacido en los cincuenta para una década más tarde haber disfrutado del programa de Ed Sullivan cuando llevó a los Beatles. O en los sesenta para ver una década después a los Sex Pistols en algún programa que mostrara los “nuevos valores” de entonces. Y ahora me lamento como un pavote de que mi hija cante todo el día los éxitos de Selena Gómez. Sé que ella, dentro de un par de décadas, se lamentará de lo que les guste a sus hijos, preguntándose dónde han quedado el buen gusto, el refinamiento, o aunque sea la actitud -tal vez, si Dios me asiste, desee entonces haber nacido en los ochenta para no perderse el surgir de Nirvana en los noventa (¿y qué duda cabe de que en todos los casos estamos hablando de gustos digitados por la Industria?).

Yo creo que como crítico cultural, o escritor, ya que estamos, pero siempre pensando en que el trabajo de uno es ver y escuchar atentamente, lo que cuenta es qué hacemos con el tiempo en que nos tocó vivir. Añorar es para giles, y lamentarse para perdedores. Baricco, por caso, toma el ejemplo de Walter Benjamin, que estudiaba al mundo, su manera de pensar, valiéndose obviamente del presente, pero no para elaborar una queja de lo que se estaba dejando atrás, sino para predecir qué vendría en el futuro. Su objetivo era adelantarse, no quedarse rezagado preguntándose por qué ya nadie lee a Joyce. Lo que animaba su trabajo, pues, era lo que vendría. Y para eso se valía de cualquier cosa, no le hacía asco a nada. Hasta se aprovechaba del ratón Mickey. Entendía que una civilización se construye no sólo con las curvas más altas de su pensar, sino también con sus movimientos más mínimos e insignificantes (Los bárbaros, pág. 26). Su lección, si le interesó darla, es que el latido de una época se puede encontrar tanto en las tenebrosas páginas de Kafka como en la publicidad de un desodorante. Hay que saber escuchar, prestar oídos a todo. Vivir.

[Pero está claro que en La civilización del espectáculo quien escribe es un intelectual de otra índole: “Confieso que tengo poca curiosidad por el futuro, en el que, tal como van las cosas, tiendo a descreer” (pág. 203). Y peor aún, su deseo apenas solapado del final: “(…) la robotización de una humanidad organizada en función de la inteligencia artificial es imparable. A menos, claro, que un cataclismo nuclear, por obra de un accidente o una acción terrorista nos regrese a las cavernas. Habría que empezar de nuevo, entonces, y a ver si esta segunda vez lo hacemos mejor” (pág. 212).

Vargas también se acuerda de Benjamin, y del uso que le daba a la cultura para entender el presente y aun el futuro, pero nada dice de que Benjamin para esto se valía de todo lo que encontraba (de Walt Disney, por caso, o de la radio), sino que menciona simplemente el amor de Benjamin por Baudelaire. En este recorte de Vargas de los intereses de Benjamin se demuestra su desdén por todo lo que no sea cultura letrada (y de la considerada de calidad, esa que todos debemos leer). La falta de interés por los cruces, los experimentos, los cambios, amalgamas, lo vuelve obsoleto. Por supuesto, él lo sabe de sobra: para suscribir todas sus quejas, temores y certezas, Vargas recupera en La civilización del espectáculo un discurso que dio para aceptar un premio en 1996 (12 paginotas), un texto donde nos aclara que la ficción literaria nos atrapa de por vida, y la televisiva, en cambio, es efímera -¿habrá visto The Wire? El nombre del texto: “Dinosaurios en tiempos difíciles”.]

Animate Vargas. Dale, probá el Facebook.

junio 23, 2012 / Roberto Giaccaglia

Antes no había nada

Señales que precederán al fin del mundo, Yuri Herrera, 120 págs., 2010, Periférica, En algún lugar de España.

Rara vez he comprado una novela por su título. A ver… Bajo el culo del sapo, de Tibor Fischer, Todas las familias son psicóticas, de Douglas Coupland, Bajo este sol tremendo, de Busqued… y algunas pocas más y pará de contar. Pero esto es apenas cierto, porque de todos ellos algo ya sabía, algo ya había leído sobre ellos, o por lo menos algo imaginaba.

O sea que en realidad nunca había comprado una novela sólo por su título. Hasta ahora.

Efectivamente, nada sabía de Yuri Herrera. Nada. Ni de dónde venía, ni que era un doctor en alguna cosa y que enseña dicha cosa en no sé qué facultad (información de solapa), tampoco sabía qué había escrito antes si era el caso, o a quién se parecía.

Parecer, se parece un poco al tipo que nos vende agua y que tiene su negocio a unas cuadras de casa. La misma mirada. O como dicen los viejos, el mismo corte de cara. También se parece a Juan Rulfo.

No sólo en que es mexicano, y en que sus libros son cortitos así, sino en que sus obras son más que nada un trabajo sobre el lenguaje. Es más. Es tan preciso, lacónico y justo, que se podría decir que, como Rulfo, Yuri ya ha escrito todo lo que tenía para escribir en apenas un par de libritos. Espero que no sea así, por supuesto, en el fondo espero que no sea así, pero también puede ser que el esmero (desmedido para lo que estamos acostumbrados a leer) puesto en su trabajo -original, único-, redunde de seguir por el mismísimo camino en obras que inevitablemente sufrirán la comparación con las primeras.

Más, ya sobra.

Y escribir otra cosa (¡¿cambiar de registro!? ¡Por Dios!)… pues difícil que valga la pena.

Así ocurre cuando un escritor se destaca del resto. Le pasó a Ariel Bermani, cuya primera novela, Leer y escribir, tenía todo lo que uno espera encontrar, esto que vengo diciendo de la precisión, de la palabra justa para el momento justo, que a su vez con un poco de talento produce obras originales y únicas, frescas, novedosas, y que de persistir en nuevos libros suele ocasionar no otra cosa que repeticiones vanas y finalmente tedio. A Bermani le bastó con uno más.

Pero estábamos hablando de Yuri.

Yuri es mexicano y escribe en mexicano, pues. Sabiendo que la herramienta más valiosa de un escritor es su lengua, no la arruina con la idea de que lo puedan leer en España sin problemas. No provoca esas obras sosas, neutras, frías, el “grado cero del gusto” que alientan las aduanas literarias y del que se contagian escritores que se presentan a premios intercontinentales.

Si hay un riesgo, es el de ser uno mismo.

La historia de Señales que precederán al fin del mundo es un poco rulfiana, si vamos al caso. Una mujer (joven) parte en busca de su hermano -aunque no para cobrarle nada, como el hombre que partió en la novela de Rulfo a buscar a su padre, que lo tuvo en el olvido, sino para traerlo de vuelta-, se mete entonces por tierras inhóspitas, donde no la quieren y recibe en el camino poca ayuda, de personajes raros todos. Tampoco es que estén o siquiera parezcan todos muertos en la novela de Yuri, como en la de Rulfo, la mayoría están vivos, bien vivos, y engañan, disparan, huelen mal, le quieren meter mano, o por lo menos convencerla que de todos los bandos posibles el mejor es el de ellos. O sea, el mal le sale cada rato al paso y la tienta: Vente conmigo corazón… etc. Pero ella va como aliviada de sensaciones, con la vista puesta nada más que en su objetivo, como una leona a la cual no su hambre sino el de sus hijos le ha hecho olvidar todo lo demás.

En la contratapa alguien que no conozco se anima a comparar la novela de Yuri con los cuentos de la mitología, aquellos donde el héroe -supongo que se refiere a esto-, va sorteando pruebas, realizando trabajos imposibles, presentándose de tanto en tanto ante una puerta nueva, en las que guardianes furiosos y desconfiados le plantean diversos asuntos a resolver, o por lo menos una prenda que les retribuya su bondad de permitirle el paso. No va desencaminado quien lo dice. Aunque también puede leerse como novela de iniciación… por más que la jovencita ya esté más que iniciada y tenga experiencia de sobra en algunas cuestiones. Pero es eso, también, el descubrimiento para la protagonista de terrenos nuevos, donde para salir ilesa debe pues emplear talentos que ya conoce. Y es, de yapa, una iniciación porque como le pasa al muchachito este de El guardián entre el centeno (por mencionar una novela de joven-en-problemas-descubre-el-mundo que a mí me gusta, sólo por eso), a la vuelta del viaje ya no hay vuelta. Lo que dicen: volver de un viaje memorable es imposible, porque uno ya es otro. O lo que es lo mismo: no hay donde volver, porque todo se ha transformado.

Pero Makina no es un Holden Caulfield, digamos. El querido Holden al lado de esta, la joven protagonista, es un nene de pecho todavía, quien ante los ruedos que le salen al paso no tiene más que su capacidad cínica para defenderse. Makina, en cambio, tiene uñas.

Hacia el final, la muchacha se descubre un poquitín política. Su rebeldía tiene una causa. Es que resulta que un policía de frontera -uno que se da aires de capataz, en el border méxico-gabacho-, pone en fila a unos cuantos paisanos, todos arrodillados, y se les burla de su analfabetismo, diciéndoles algo como Si quieren pasar, póngame acá por escrito quiénes son ustedes, ja ja, ¡brutos! Claro, la única capaz de agarrar el lápiz y escribir es nuestra heroína, quien aparte de política se descubre levemente poética, aunque su poesía sea injuriosa, dura, militante: Somos los condenados de la tierra… somos los que limpiamos su mierda… etc. De repente, la joven rebelde se convierte en líder de una manada de desposeídos que lo único que pretenden es adentrarse en los states para hacerles el trabajo sucio a los gringos y ganarse el pan, ganarse su miseria. Makina no quiere eso, cuando los pobres diablos ya la estaban ungiendo como patrona y el policía golpeado en su orgullo se aleja puteando, ella, Makina, da media vuelta y se vuelve con su familia…

O quién sabe…

Porque esta es una novela sobre el fin del mundo, recordemos el fabuloso título que me hizo comprarla. La partecita anterior es medio traída de los pelos, poco creíble en el marco de una novela, sí, increíble, tal vez y nada más el intento a mi parecer innecesario de ilustrar brevemente la realidad social en la que se mueve la protagonista, como si no hubiera bastado acaso con la intensidad de lo mejor y más acabado que esta novela posee: su lenguaje… la capacidad abrasadora de su discurso para dar forma a un universo nuevo, una vez que el otro (el de los escritores sosos y todos iguales) ya ha dejado de existir.

Si lo sabrán los revolucionarios, la fuerza reside en las palabras.

junio 16, 2012 / Roberto Giaccaglia

Yo era un lector moderno

Festival, César Aira, 128 págs., 2011, Mansalva, Buenos Aires.

Muy buena la última novela de Aira. Quiero decir, la última novela de Aira que leí. Ya se sabe que Aira adelanta por varios cuerpos (libros) tanto a críticos como a lectores.

Pero yo quería hablar de otra cosa. ¿Lo viste a Maravilla anoche?, me preguntó el pibe de la despensa el otro día. A veces hablamos brevemente, cuando nos encontramos afuera de nuestros negocios, descansando. Le gusta el boxeo, lo practicó unos años incluso y bueno, a veces hablamos de eso, de boxeo. Por un momento pensé que se había adelantado el combate de Maravilla con Chávez Junior y me asusté: ¡seguramente me había perdido un peleón! Nnn-nno, dije, casi con lágrimas en los ojos. Enseguida me enteré de que no me había perdido un combate, sino un baile en lo de Tinelli. ¿Será posible? ¿Y? ¿Qué tal?, pregunté, aliviado, y por preguntar algo. Y… es medio durazno todavía, me contestó. Después le entró gente al negocio así que la conversación quedó ahí. Me quedé pensando en el riesgo que corre Maravilla: si pierde su próxima pelea, se lo endilgarán a su nueva profesión, que la joda esto, que las minas lo otro, etc. Si gana, dirán en cambio que su talento pudo con todo: la joda, las minas y Chávez Junior. Después me detuve en las virtudes del baile como ejercicio, Así que los ensayos con mujeres y coreógrafos, pensé, tal vez puedan verse como una prolongación del trato con preparadores físicos y sparrings. ¿Por qué no? ¿No tiene el boxeo, acaso, mucho de baile? Alí, supongo, habrá sido un bailarín estupendo.“Vuelo como mariposa, pico como abeja”, le gustaba decir. Tal vez él mismo, de Alí estoy hablando, no habría renegado en sus buenas épocas de brindar espectáculo más allá del boxeo. Aparte de ligero con los pies y las manos, se sabe, Alí era ligero con las palabras. Quizá el más “hablador” de los boxeadores, lo suyo, con otro físico, hubiese sido la comedia. Apuesto que habría sido un genio del stand-up. La manera en la que le ponía motes a los boxeadores que iba a enfrentar era un delirio, pura gracia. No cuesta nada imaginarlo frente a un micrófono, en un estudio de televisión, al menos dos o tres noches a la semana, animando algún show, y después al otro día retomando el entrenamiento. Pero, pese a todo, es difícil no sentir cierto recelo frente a la nueva actividad de Maravilla. Será la envidia.

Ahora hablemos de la revista El Amante. ¿Sigue saliendo? Hace muchísimo que no la veo en los quioscos. Creo que si hay (o hubo) una revista capaz de provocar esto del amor/odio es o fue esa, El Amante. Como que a uno le gustaba estar en contra, ¿no? Provocaba reacciones. Sus redactores lo sabían de sobra, no por nada la sección de correo se llamaba “Disparen sobre El Amante”, o algo así. Es más, algunas notas parecían escritas sólo para enfurecer a los lectores. Conmigo lo lograron más de una vez, y hasta llegué a enviar un par de cartas de las que ahora me avergüenzo. Y digo que a uno le gustaba estar en contra porque sus opiniones eran algo alocadas -inusuales por lo menos, o “jugadas” como les gustaba decir de alguna manera-, pero uno sabía, por más que le costara admitirlo, que sin embargo no carecían de fundamento, que imbricados entre los recovecos de la más absoluta y rabiosa personalidad se dejaban entrever jirones de teoría, de estudio, de conocimiento. Por supuesto, su público era mayoritariamente esnob. Pero esto, otra vez, ha de ser por la envidia que todos les teníamos a los que escribían ahí.

¿No será lo mismo que se siente frente a la basta producción aireana? A lo mejor es por culpa de este sentimiento de infelicidad tan feo que casi nadie lo toma en serio. Es más, yo creo que es por eso que Aira no resiste la tentación de hablar de sí mismo en sus obras. Cada novelita suya es un compendio de teorías que vienen en su ayuda. Por ejemplo, ya casi finalizando Festival: “La primera impresión, lo confesaba, había sido de rechazo, y de confirmación acentuada de la justicia con que sus compatriotas habían vedado la proyección de este tipo de cine. ¿Qué tipo? El que hacía caso omiso de la lógica, del sentido común, de los sentimientos, de la enseñanza, a todo lo cual renunciaba en nombre de una fantasía irresponsable…. Ya está, la literatura de Aira es eso: lo que acaba de decirnos, y lo que nos viene diciendo en cada cosa que escribe, donde siempre, pero siempre, encuentra un lugarcito para explicarle a quienes lo rechazan de qué se trata su obra.

Eso para sus negadores. Pero también guarda “sorpresas” para los que lo afirman. El resto de la novela, eso guarda, y el resto de la novela no suele ser otra cosa que una burla. Aira compone uno o dos párrafos de explicación y autodefensa, y luego páginas y páginas que no son más que una larga broma para los que se lo toman en serio, para los que lo leen en las facultades, lo estudian, lo endiosan. En algún momento -después de su décima o décima quinta novela, ponele- debe de haberse dado cuenta de cómo venía la cosa, que sus aduladores eran acaso peores que los que hablan pestes de él, así que en vez de explicarles nada, les empezó a tomar el pelo. Fíjense. Cualquier novelita o cuento largo de Aira tiene como tema central el esnobismo. No importa si aparentemente nos está hablando de religión, o de los descubrimientos de la niñez o de los de la juventud, si nos está hablando de turismo o de cómo vivían los indios, no importa si nos está hablando de la magia o del azar, del mundo de la moda o de los gimnasios y del cuidado corporal, del mundo de la literatura o del mundo del cine (Festival), lo que siempre hace Aira es una desmitificación. O sea, pone al esnob en bolas. O lo que es lo mismo, señala que el rey (el gusto por la vanguardia y lo refinado que impera en ciertos círculos de prestigio) suele pasearse desnudo. Le dice a su lector: No es así flaco, estás errado, a vos te gustan mis libros por lo que no son, tomatelás, andá y escribite un ensayo sobre Lamborghini. Pero lo hace riéndose de lo que siempre entendimos (o creímos que era cierto) acerca de la religión, la niñez, los jóvenes, el turismo, los indios, la literatura, el cuerpo, el cine o el etcétera sobre el que traten sus libritos.

Leyendo Festival a mí me parecía estar viendo a los jóvenes redactores de El Amante invitando a Godard a un bar del microcentro después de una función especial o una retrospectiva de su obra -llamando “mesera” a la moza o señorita-, para pedir lo que creyeran que tomaba Godard -vino blanco con trozos de roquefort dentro, por ejemplo-, y pasar luego a despotricar contra el cine comercial y adular cada una de las obras del francés, sabiéndose especiales, todos ellos, los redactores y el cineasta, únicos si cabe, refinados, y luego Godard diciendo algo como Tranquilos muchachos, dejen un poco de sobarme que me están saliendo callos. A propósito, ¿a qué hora pasan Poné a Francella?

Por eso -por ser una defensa de sí mismo y no obstante una burla de lo que representa o genera-, y en parte por envidia, a lo mejor las novelitas de Aira no pueden resultarnos sino un divertimento pasajero, momentos simpáticos, incluso ingeniosos, pero también inocuos y carentes de importancia, de esos que nos hacen pensar Esto está muy bien, pero podría estar leyendo otra cosa y aprovechar mejor el tiempo. Como ver a Maravilla Martínez bailar en vez de boxear, digamos. Es eso. Tal vez no sea mucho, pero también es cierto que hay montones que han fundado su obra en principios aún más insignificantes.

junio 10, 2012 / Roberto Giaccaglia

Escribo para la corona

Una misma noche, Leopoldo Brizuela, 288 págs., 2102, Alfaguara, Buenos Aires.

Después de que Fito Páez trató de insultar a los votantes de Macri -o de desautorizar sus votos- diciendo que eran “de derechas” (así, con “s” al final), Brizuela, otro artista kirchnerista, se contagió del galleguismo, así que en la página 22 de su novela pone que “Robert es hombre de derechas”. Pero, ¿estos nos creen boludos o gilipollas? Si la patria de un escritor es su lenguaje, es bastante obvio que Brizuela nació, creció y vive en las traducciones españolas (como Fito Páez en las entrevistas de Sabina), por más que escriba desde La Plata o ambiente su historia en dicha ciudad.

En la página 36 Brizuela nos desorienta un poco más. Resulta que su patria no sólo está conformada por las traducciones españolas, sino también por El Chavo del 8: utiliza la palabra “mesera” para referirse a la mujer que en Argentina atiende las mesas de un bar, donde se dice “moza”, o “señorita” -más amable y cordial. Hasta donde me acuerdo, la palabra “mesero/a” la escuché efectivamente nada más que en boca de Doña Florinda, o tal vez la leí también en alguna novela de Carlos Fuentes. Al estar, el personaje de Brizuela, tomándose una cerveza en un bar porteño, no sé a qué viene usar un término sólo común en México -quizá también en Colombia.

Suspendo un poco la extrañeza de encontrarme ante tales palabras, impropias, ajenas -y no saber bien de dónde es el escritor que estoy leyendo-, para detenerme aunque sea brevemente en la manera que tiene Brizuela de darnos a entender que una persona es mala, o sea “de derechas”. El personaje Robert (que dejamos líneas arriba) reúne todos los atributos conocidos del argentino oligarca -a quien Brizuela ilustra como lo haría una película de Pino Solanas, es decir picando grueso los ingredientes-, y lleva por apellido “Chagas”, o sea el nombre del “Mal” argentino por excelencia, o por lo menos de una enfermedad que aquí es endémica y que fácilmente a un escritor con poca imaginación se le puede ocurrir comparar con lo que los kirchneristas identifican como otro problema irresoluble: el gorilismo.

Ahora enfoquemos nuestra mirada hacia la escritura panfletaria -o programática, que queda mejor. Cuesta más leer Una misma noche como novela que como propaganda. Esto se le puede pasar por alto a los lectores españoles, que de kirchnerismo saben poco y nada, pero para un lector argentino Brizuela, al igual que el cyber ejército que se encarga de dejar mensajes pro gobierno todo el tiempo y en todos lados, Brizuela, digo, no para de enviar tweets. Por momentos la novela es eso, un compendio de tweets oficialistas. En pocas páginas nos enteramos “de los avances de los derechos humanos”, de la emoción que resulta de ver a las Madres de Plaza de Mayo en Casa de Gobierno, de la orden de la Presidenta de “desclasificar” documentos que vendrían a probar la culpabilidad de ciertos represores, de la cantidad de gente que milita por “el proyecto del gobierno nacional” y de otros logros por el estilo. ¿Hace a la narración -la agiliza, le agrega algo, la nutre- o hace al programa extraliterario que se propuso Brizuela?

Digamos que un programa es lo que sostiene, ajusta, organiza y aun encauza nuestro trabajo. Tenemos la intención de llegar a algún sitio, y el mapa trazado para lograrlo. Eso es todo. Florencia Bonelli, por poner un ejemplo, quiere enamorar, gustar, “enganchar” a sus lectoras, etc., y Brizuela quiere convencer. La escritura, pues, responde a unas cuantas premisas que la van guiando hasta la consumación de un producto. Así escriben los escritores profesionales y hay varios que logran su cometido en forma más que notable. Pero no por eso se nos debe escapar que algunos de ellos sólo quieren vendernos algo.

El caso que nos ocupa, por otro lado, poco y nada tiene de notable. En el caso que nos ocupa es mucho más fácil notar que, simplemente, nos quieren vender algo.

En la página 52 encontramos más aportes a este programa, es decir el de difundir la palabra oficial, lo que algunos llaman el relato. Uno de los mantras que repite el gobierno es que las quejas por la inseguridad son infundadas, un invento de la prensa monopólica de la cual las clases media y alta (gorila y oligarca) se hacen eco. En un párrafo, aguerrido, sucinto pero aguerrido, Brizuela o el personaje de su novela se queja de los “burgueses neuróticos” que andan en sus cuatro por cuatro clamando seguridad, una seguridad que “ellos saben, mejor que nadie, que es imposible”. Y dice, como la Presidenta, que no son más que personas “aterradas por la prensa”. Ya páginas atrás, con el mismo tono, el personaje mentaba al “ingeniero Blumberg” y su alocada idea de poner al servicio del ciudadano un número telefónico contra la inseguridad. Esta profesión que Blumberg se inventó es además una palabra que la prensa oficialista no deja de usar irónicamente, para señalar, como hace Brizuela, lo que Blumberg no es, contrarrestando así -desautorizando- las críticas de este contrera al gobierno. La fórmula es simple: ¿cómo puede decir la verdad -“Hay inseguridad en Argentina”- alguien que miente -haciéndose pasar por “ingeniero”? Si lo segundo es mentira, también ha de ser mentira lo primero. De simplificaciones burdas por el estilo se sirve la prensa oficialista, tan combativa como a veces lo es la literatura -simple y burda.

Otra cosa que suele ser la literatura es memoria. Inventada o no, reescrita o no, la memoria es o así por lo menos lo afirman a cada rato, la piedra basal de este gobierno. La segunda parte de la novela de Brizuela se titula así, “Memoria”. Y es un ajuste de cuentas. Pero no con el pasado, sino con el presente. La memoria es algo útil: el gobierno la usa para arreglar sus asuntos de ahora. Así con el caso de Papel Prensa, cuestión que al gobierno le sirvió para convencer a la gente de que la empresa debía pasar a otras manos: las suyas, porque de lo contrario se la dejaba atada a la ideología criminal que se la apropió durante la dictadura. Brizuela, pues, nos cuenta el caso de Papel Prensa de nuevo. Lo contó y lo siguió el periodismo hace un par de años atrás, nada más, y ahora Brizuela lo recupera para nuestra “memoria”. Y le sirve. Le sirve para agregar páginas a su novela, imbricar el caso con uno de los personajes, y ya que estamos para lo que señalé: ajustar cuentas. “(…) los Graiver empezaron a considerar la venta de Papel Prensa a los tres compradores que la dictadura avalaba -los diarios Clarín, La Razón y La Nación…”, aclara Brizuela, por si no nos acordábamos de los diarios que antaño como en el presente monopolizan la verdad y joden a la democracia.

Para que no se nos pase por alto, los asuntos “Graiver” y “Papel Prensa” son citados -después de arduas búsquedas en el Google y en la revista Veintitrés– y comentados durante vaaaaarias páginas más, tipo tesis. Una tesis para presentar en una escuela de periodismo fundada y dirigida por 6,7,8, digamos. En el medio, se nos presenta una nueva familia a odiar, que suplanta a los Chagas en esta segunda parte, la cual improvisa una fiesta donde todos se quejan de Aerolíneas Argentinas y se burlan del gobierno. El protagonista los espía y se va a dormir con bronca.

Me doy cuenta de que llevo escritas tres páginas y todavía no hablé de lo que trata la novela. Pero para eso está la contratapa, capaz de resumir la historia mejor que yo: una madrugada de 2010 el escritor Leonardo Bazán ve cómo asaltan una casa vecina, hecho que le trae a la memoria -Memoria- una experiencia más o menos similar ocurrida en la misma casa durante la dictadura militar. Así, entre hechos ocurridos en 1976 y otros en 2010, el autor va haciendo un contrapunto, uniendo nombres, episodios, maneras de actuar de los criminales de antes y los ladrones de ahora, recuperando personas de su infancia y casi al mismo tiempo comentando noticias de su vida adulta, “para indagarse a sí mismo”, según la contratapa.

En la página 123 la novela mejora bastante. Ahí es cuando Bazán/Brizuela recuerda lo malo, terrible que era su padre, un nazi en potencia, un déspota que atormentaba a la familia, que odiaba a los judíos y que protagonizaba episodios violentos y vergonzosos en plena calle. El dolor del protagonista al recordarlo, el dolor y la vergüenza, la vergüenza y el rencor, llegan de alguna manera al lector, que por fin, después de páginas y páginas de información y de tuiteo oficialista, siente algo.

La ilusión dura poco. No hemos llegado a la mitad de la novela y ya todo parece, otra vez, echado a perder. Luego de una reflexión habitual en toda obra que hable de épocas terribles, donde la condición humana se deteriora y surge lo peor de la especie -aquello de que Cualquiera puede convertirse en un monstruo en determinada situación y que saberlo resulta intolerable-, Brizuela invita a un hijo de desaparecidos a sumarse a la historia. Pero es un hijo de desaparecidos inusual: éste odia al gobierno. Odia, al parecer, “a todo el mundo”. Se rige, según Bazán/Brizuela, por una “lógica anterior a la de los derechos humanos”. ¿Pero cómo puede existir tal lógica? ¿Acaso los militares hicieron lo que hicieron porque en los setenta no existían los derechos humanos? No, hicieron lo que hicieron porque se cagaron en ellos, que es otra cosa. Sin embargo, Bazán/Brizuela nos presenta a este hijo de desaparecidos furioso (y malo) como viviendo en una época mejor que no quiere aceptar, una época que debemos agradecer a este gobierno, por haber inventado estos derechos, los humanos, que antes no existían. Me hace acordar a esa frase que a Menem le gustaba decir cada vez que los periodistas reclamaban mejor trato: “Nadie les dio libertad como yo”, como si dicha libertad fuese un regalo gubernamental y no un derecho sobreentendido, del cual no hay que ir perorando o jactándose.

La tercera parte de la novela se llama “Historia”. Se incrementan, si cabe, las reflexiones sobre la culpabilidad, la cobardía, aquello de quedarse de brazos cruzados cuando el otro sufre y los complejos artilugios que pone en marcha nuestra conciencia para hacernos creer que en realidad quienes están sufriendo somos nosotros o por lo menos que el otro se lo merece. Las buenas conciencias de aquellos años usaban el “Por algo será” -o el “Algo habrán hecho”-, y con eso hacían oídos sordos y vista ciega a lo que ocurría a su alrededor. Esta novela puede leerse como una exploración de aquel “Por algo será”, o sea una lectura de la idiosincrasia humana -humana y argentina. Una más. Una de las tantas más. Otra de las millonésimas novelas con las que los escritores -argentinos- intentan explicar cómo funcionaba aquella sociedad y a la par cómo funciona esta, no tan diferente… ¿O sí? ¿Mejor acaso? ¿Una sociedad mejor? “Y atravesé ese bosque de palmas y de ofrendas populares en que se había convertido Plaza de Mayo, los restos del velatorio multitudinario de Néstor Kirchner que empleados cuidadosos recogían por orden de la presidenta, y se me ocurría que todo el país florecía en un mismo duelo”. Sí señor, una sociedad mejor: que tira para el mismo lado, que sufre por lo mismo, que tiene los mismos dolores, que comparte el mismo llanto, que se orienta por el mismo discurso.

La última parte de la novela se titula “Sueño”. El protagonista deja la ESMA, donde fue a rehacer recuerdos, rumbo a Retiro. Frente a la Villa 31, nos dice: “La villa enclavada detrás de la terminal de ómnibus, a metros de los palacios de Recoleta, a pocas cuadras de la Casa de Gobierno, a la que la sociedad le echa la culpa de la inseguridad”. Si existe otra frase más gratuita en novela alguna, me gustaría saberlo. Para evitar esa novela.

A mí me resulta muy gracioso que haya escritores que se burlan de los ricos -de sus “palacios” y de su neurosis, de sus cuatro por cuatro y de sus alarmas y de sus rejas- y participen en concursos literarios que premian con cientos de miles de dólares al ganador. ¿Qué hacen con la plata si los ganan? ¿La donan a la guerrilla? Ah, no, perdón, estamos en otra época. Cierto que ahora vivimos en la “lógica de los derechos humanos”.

Lo que no me resulta en absoluto gracioso es que un escritor se sume al proyecto stalinista de reescribir la historia. “(…) y que de ahí, de Las Flores, había sido también un tal Labolita, el amigo desaparecido de Néstor y Cristina Kirchner, aquel que, según ellos, había inspirado toda su política de derechos humanos”. No me resulta gracioso que un escritor nos quiera tomar el pelo. No me resulta gracioso que un escritor aporte fuerzas al empujón hacia la ignorancia que nos está dando día a día el gobierno con su discurso. No me resulta gracioso que un escritor en vez de investigar como se debe antes de ponerse a escribir, o sea tratar de conocer qué hacían verdaderamente Néstor y Cristina Kirchner durante la dictadura, cómo se ganaban la plata, qué intereses defendían, con quién compartían fotos y abrazos, ponga en los libros que entrega a imprenta lo mismo que dicta el órgano propagandístico oficial, que hace ver al difunto Néstor y a la Presidenta como valientes paladines de los derechos humanos, entonces, en los setenta, como ahora. Dejate de joder flaco, si es cierto que sos un escritor, no des esta clase de vergüenza.

Cierra el libro una aclaración: Los protagonistas de esta novela son puramente imaginarios.

¿?

Ya dejé dicho, a propósito de una película, Francia, y de otra novela mala, Hiroshima, que el kirchnerismo está arruinando a nuestros artistas. Es la primera vez que leo a Brizuela, y no sé qué tan bueno era antes de caer en la tentación de escribir para la corona, pero seguro que era mejor que esto.