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marzo 23, 2012 / Roberto Giaccaglia

Lo que Seymour intentó hacer con el sillón de la abuela

Venía leyendo Nueve cuentos, de Salinger, en el colectivo de vuelta, una visita a una de las distribuidoras que duró tal vez demasiado: no me gusta la gente que corre de acá para allá, preocupada por “atender” al cliente, resoplando, odiando, en definitiva, al cliente, que bien merecido se lo tiene algunas veces. Sobre todo, cabe aclarar, cuando el cliente no es un cliente a fin de cuentas, sino un visitante digamos ocasional, o un visitante ni siquiera ocasional, sino más bien del tipo por necesidad y urgencia, esos que llegan también apurados blandiendo en sus manos una especie de decreto presidencial, urgente y necesario, con la lista de libros pedidos para la escuela. No son clientes que a uno le interese mantener. Por lo general, el cliente que se acerca de esta manera a una librería lo hace con la mera intención de comprar ese libro y ninguno otro en su vida. Al año siguiente vuelve, si no consiguió en otro lado el nuevo libro que le piden a su hijo/a. Y eso es todo.
Venía, entonces, leyendo Nueve cuentos de Salinger y no podía dejar de pensar en el papel más bien lamentable que todos tenemos para ofrecer de vez en cuando nos vemos sometidos a una exigencia que por alguna extraña razón se nos antoja perentoria o ineludible. A veces pienso que sin negocio estaba mejor. Se acerca cada ser espantoso de vez en cuando que dan ganas de abandonarlo todo. Tal vez, como dejé entrever ya, me haga falta leer algún libro de autoayuda. Y no en cambio Salinger y mucho menos el primero de los cuentos del libro que venía leyendo en el colectivo. Es grandioso, una obra de arte, pero por supuesto bajonea un poco, cosa que supongo no habrá sido objetivo del autor, sino más bien una consecuencia inevitable. Pero por supuesto rehuyo o al menos vengo haciéndolo con total éxito de los libros de autoayuda, por considerarlos un engaño, claro está, aunque bien analizado el 90% de la literatura lo es, y es probable que me quede corto.
Así que puestos a considerar, no me vendría mal encarar alguna de estas lecturas -que no tienen por qué ser ni más ni menos fraudulentas que la mayoría de los libros que se venden de cualquier tipo o que salen con el diario Página 12.
Hay tipos que son unos eruditos en estas lides de la autoayuda, se saben todos los nombres más o menos importantes y otros en absoluto desconocidos, y uno no puede menos que admirarlos. No sólo son capaces de acumular nombres, sino también teorías, movimientos, ramas, hasta dibujar no ya un árbol, sino un bosque completo de autores e hipótesis. Creo que dejé deslizar que debería ocuparme del tipo que se puso a mentarnos las bondades de esta clase de libros, un hombre -tendrá mi edad, maś o menos, ¿es un “señor”, un “tipo”, un “flaco”?- que puso toda la emoción y el entusiasmo de los que fue capaz en educarnos un poco acerca de la diversidad que son capaces de alcanzar estas lecturas. Una de ellas, la que más me impresionó quizá, trata sobre la “visualización”. Lo voy a poner de esta manera poque no lo recuerdo con exactitud. Pero la cosa es que al parecer hay personas capaces de darse cuenta de qué es lo que va a ocurrir a continuación, no mágicamente o porque escondan la bola de cristal en sus bolsillos, sino porque analizan de tal manera el entorno y las actidudes de las personas, su forma de ser y el clima reinante, que pueden, insisto, “percibir” la desición que tal o cual persona va a tomar, conforme a la influencia que recibe del medio y a su idiosincracia, de tal manera de, sumando todo, saber a fin de cuentas qué se resolverá en determinado ambiente o lugar, a veces con una gran antelación, lo que le permite a la persona capacitada para tal tarea anticiparse y así lograr un usufructo -del tipo que uno pueda imaginarse. Por supuesto, siempre es conveniente saber las cosas de antemano. No para ganar a la quiniela -algo para lo cual estas dotes no ayudan en nada-, pero si al menos para ganar posiciones dentro de un entorno competitivo.
Es después de todo a lo que la mayoría de los libros de esta clase le dedican sus páginas: a la competencia. Pues bien, este señor, tipo o flaco que nos fue a comprar un par de libros y se quedó hablando -monologando- hora y media, creía tener esta capacidad, ganada con años de lecturas acordes y de meditación. Escribió, nos dijo, un par de libros -estos sobre otro de los pilares de la autoayuda: las dietas-, tiene un blog y según él la gente de Planeta, de España, está muy interesada en un original suyo, que al parecer va a dar tanto que hablar como Padre rico, padre pobre, libro que, este sí, empecé a leer unos meses atrás y que no terminé -habré leído la mitad- porque a un cliente se le ocurrió comprarlo.
Si me preguntan, no sabría bien explicar el contenido de Padre rido, padre pobre. Puedo resumirlo así: trata sobre lo que pensamos acerca del dinero. Punto. Por supuesto, lo que “pensemos” acerca del dinero determinará nuestro éxito o fracaso en nuestra relación con él. Básicamente, puedo decir que el autor -tiene un nombre difícil, y no voy a perder tiempo buscándolo en la wikipedia, no me importa-, asume que uno no debe trabajar para el dinero, sino que es el dinero el que tiene que trabajar para uno. Así, dando vuelta las cosas, compone una serie de consejos que vienen siendo justamente lo contrario a lo que uno le enseñan o le meten en la cabeza desde chico. Será por eso, piensa uno luego, que hay mayoría de pobres o de clase media empobrecida o de clase media desanimada y sin esperanza, y no tantos ricos o por lo menos gente acomodada y satisfecha: porque los que siguen los consejos de siempre -trabajar, trabajar, pedir un préstamo, llegar a la casita propia, pagar el préstamo, pedir otro, trabajar, trabajar- son mayoría, y los que usan el dinero de “forma inteligente” son más bien pocos, casi ninguno. A usar el dinero de forma inteligente, dice el autor, la escuela no enseña, tampoco la universidad, y mucho menos los padres, tan temerosos. La cultura del miedo, parece decirnos, es la que ha imperado en nuestra relación con el dinero. También hay datos técnicos que no llegué a comprender, y muchos números y fórmulas que tampoco.
Pareciera, pues, que ciertos libros de esta clase dan al menos para pensar un poquito, o discutirlos. Tarde o temprano tendré que encarar alguno de ellos. Voy a ver si arranco con uno de visualización. Los hay, hasta hace un par de días ni lo imaginaba, pero los hay. La gente escribe sobre cualquier cosa.

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