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mayo 1, 2008 / Roberto Giaccaglia

Si mi abuelo viviera

The Savages, Tamara Jenkins, 113:00, 2007, Estados Unidos.

Golpes bajos, actores respetables, pinceladas de costumbrismo, cuestionamientos bienpensantes, reflexiones cursis sobre la vida y la muerte y el paso del tiempo, metáforas gruesas y analogías fáciles parecen todavía, todos juntos, surtir su efecto. No sé si en las boleterías, porque hay que ver cómo le va a The Savages en ese rubro, pero sí al menos en ciertos críticos, los del país del norte por caso, que han dicho maravillas de esta patraña acurrucada en algodones de moral cristiana, ciega y sorda.
El cine de pretensiones edificantes me aburre muchísimo, se haga donde se haga, sea parte de la maquinaria de Hollywood o se la tire de independiente desde el mismo corazón de la industria o desde algún remoto lugar de Asia: de un título como The Savages pueden ser culpables inoperantes de cualquier latitud e inoperantes de bajo o de alto presupuesto, la miserabilidad humana no conoce de idiomas ni de cuentas bancarias.
Así que no es cuestión de agarrársela con el cine yanqui. Eso es fácil e inútil. Tampoco sirve despotricar contra el cine independiente, como se viene haciendo. Ya sabemos cómo es, tanto ese cine, más papista que el papa, como las críticas que se le hacen, que apuntan todas más o menos a lo mismo: la baja calaña tanto fílmica como humana de la que son capaces estos engendros, todos versando una y otra vez sobre lo mismo: el sueño americano y sus súbitos despertares de pesadilla, que a veces tienen que ver con la pobreza, a veces con la violencia, a veces con la enfermedad, a veces con la sempiterna mala suerte… Lo que nunca falta son las relaciones fallidas entre las personas. Son películas del Sundance Film Festival, toda una marca de fábrica, aún más tétrica que la alfombra colorada de la Academia, más determinante, falsa, oportunista y hasta insulsa. En ese festival debutó The Savages y no es casualidad: es una obra que merece el patrocinio de los seudo cineastas que lo habitan, lo nutren y se lamen entre ellos las heridas que les abre el cine de verdad, ese al que nunca se van a acercar, por snobs, pretenciosos e ignorantes.

Pero eso sí: me dan bronca los críticos que han adulado a The Savages. Son gente que o bien ha olvidado su profesión o bien se equivocó al elegirla o bien no son más que empleados de la máquina ya citada, la del Sundance Film Festival, no la de Hollywood. Ambas se parecen mucho, en realidad: sacan películas como salchichas, pero sin sabor, con cobertura plástica y puro colorante como relleno. Lo que varía es la etiqueta de afuera.
Leyendo las críticas que recibió The Savages me pone contento que la gente diga que los críticos no tienen ningún peso o muy poco a la hora de inclinar la balanza en las boleterías. Ojalá que cuando esta porquería se estrene nadie le dé pelota a los críticos de los grandes medios y se vaya a ver cualquier otra cosa.

Detrás de esta película que nos quiere enseñar a pensar, sentir, llorar y darnos cuenta de lo malos que somos está una tal Tamara Jenkins, a quien no conozco y a quien a partir de ahora voy a marcar con una tachuela así de grande en mi tablita del prejuicio: va a tener que hacer algo realmente bueno para que la próxima vez no quiera escribir en contra de ella antes de entrar al cine. Pero no está solamente la tal Jenkins detrás de The Savages, sino también un tipo en quien yo había depositado cierta confianza: Alexander Payne, realizador de Election y de Sideways, que no están nada mal. Acá hace de productor, pero me imagino que algún consejito podría haberle pasado a la Jenkins, algo como “Che, no seas tan grosera”, “Guarda que estás haciendo un mamarracho en esa escena”, “Dejate de joder con tanta moral”, “¿No te parece un poco burda esa decisión?”, “Podrías hacer que los personajes respiraran un poco, ¿no?”. No sé, cuestiones básicas de las que supongo Payne sabrá algo al respecto, experiencia no le falta al menos, a no ser que él mismo se haya sumado con ganas a esta ola de filmes donde familias disfuncionales no saben qué hacer consigo mismas y se la pasan llorando en los rincones, lamentándose por las oportunidades perdidas, las elecciones tomadas, los padres o hijos o hermanos o esposos tocados en suerte y la mar en coche.

En The Savages un par de hermanos cuarentones y con todas las crisis encima, solitarios, aburridos, fracasados, lamentables, patéticos, se ven de pronto atrapados por la obligación de cuidar a su padre enfermo, que reúne más o menos todas las condiciones de sus hijos más la de una incipiente locura, que torna todo el asunto aún más mísero y “educativo”. Como no quieren hacerse cargo, lo meten de cabeza en un asilo. Empiezan pues las dudas existenciales, que si son humanos, que si no, que si son malos, que si son peores que eso. El problemita los vuelve a enfrentar a su pasado en común, a sus rencores, a sus envidias, a sus celos, a su vida de solitarios aburridos y fracasados y etcétera.
No quiero aburrir. La película sigue su curso predecible y después de unos intentos de reflexiones absurdas y de ensayos lagrimales, la película termina como más o menos puede imaginar quien ha visto dos o tres barrabasadas del mismo calibre, yanquis o no, independientes o no. Alguien se muere y los demás siguen viviendo como pueden, aceptando lo que venga de ahí en más, viene entonces la sagrada complacencia, la dicha agria de quien se resigna, el descanso de haberse aceptado a sí mismo por fin. Antes de que aparezcan los títulos de cierre se asoma un niño sonriente o un perro corriendo. The end.

Lo único bueno de esta película es que me hizo acordar de mi abuelo Mario, un viejo de pocas pulgas, peronista de esos que lloran recordando a Eva, fibroso, gran bebedor y repleto de anécdotas de todo tipo, malas y buenas. Desayunaba huevos fritos con carne que descolgaba de unos ganchos de carnicero viejos y herrumbrados, que pendían del techo de su cocina. Murió a los noventa y pico. Nunca estuvo internado en un asilo, era demasiado orgulloso para eso, no soportaba que lo atendieran, trabajaba en su quinta o en su gallinero y podaba árboles y no le pedía ayuda a nadie, ni siquiera a los hijos, tampoco a los nietos, a la mayoría de los cuales los quería lejos. Una vez, cuando su esposa ya había muerto y llevaba casi dos años viviendo solo, lo invitaron a comer en el asilo del pueblo (allí no lo llaman “asilo”, sino “hogar de ancianos”), donde vivían muchos de quienes habían sido sus amigos o al menos conocidos. Pensaban que le iba a gustar tener un poco de compañía. Era uno de los pocos de la barra que vivía solo. Sabían que no siempre sus hijos o sus nietos lo visitaban (los que quería) y que a veces tenía que comer en compañía de sus gallinas y nada más. Aceptó. Cuando se sentó a la mesa, una mesa larga y compartida por todos los internos, donde a veces también se sentaba parte del personal, sacó de su bolsito el vino que había llevado. Ah, no, le dijeron espantados, acá no se permite el vino. ¿No?, preguntó mi abuelo. Y no dijo nada más. Guardó su botella en el bolso, se levantó, saludó y se fue a comer solo, a su casa, con el ruido de las gallinas detrás.
Un par de días después, contándome la experiencia, me dijo: Cómo puede ser que coman sin vino, ¿cómo bajan la comida ahí, con qué gusto?

Se puede pensar que esta historia no tiene nada que ver con The Savages, pero eso es cierto a medias. Estoy comparando, contraponiendo.
Lo que hace esta historia por el tema de la soledad de los viejos, del abandono, de la muerte cercana, de los hijos malos y desagradecidos, del pasado irredento, es justamente lo opuesto a lo que intenta The Savages. Esta historia desacraliza esas cuestiones, las contempla desde otro lado, intenta acercar un poquito de gusto por la vida, le da otro giro a la cuestión, le saca toda solemnidad, toda reflexión pedorra, toda sumisión en la miserabilidad, todo aprovechamiento, toda moral, toda enseñanza de manual cristiano, le borra a esas cuestiones el sentimiento de culpa, la carga que propician las buenas costumbres (interesadas, falsas), pone una barrera a las salvajadas, las aleja de la pedantería y del discurso fácil y amilanado. Y algo más: no muestra a los viejos como se ven en la película, muertos que respiran. Es una historia donde hay vida.
Si la Jenkins filma por lo menos una escena así, la perdono.

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