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enero 20, 2009 / Roberto Giaccaglia

Dos entradas (furtivas) al cine del portugués Pedro Costa

Por Mirtha Makianich (*)

juventude

Juventude em Marcha, Pedro Costa, 155:00, 2006, Portugal.

b-noquarto

No Quarto da Vanda, Pedro Costa, 179:00, 2000, Portugal.

I  Juventude em Marcha

Siempre lo que se dice es reductivo y arbitrario. Con mayor razón en el caso de películas que aparte de la duración (más de 3 horas) impactan  por el universo que muestran y por la resolución formal de que hacen gala. Considero que las dos películas de Pedro Costa que he visto, me colocan en la posición de privilegiada y me obligan a intentar compartir ese privilegio, al menos en el orden de la difusión: aclaro que no tengo ninguna formación específica cinematográfica, soy una simple cinéfila.

-Lo que deslumbra primero formalmente, es el manejo de la luz. Un refinamiento lumínico increíble, un claroscuro que se apodera de toda la pantalla, constituyendo un plus que se agrega a la materia corpórea de los personajes y de los objetos, integrándose en las paredes y en los ambientes. Los desplazamientos de una luz que es pura sombra, se imbrican de tal manera con la materia narrativa que  es como si esa materia estuviera doblemente presente. Como si el abrazo de elementos heterogéneos fuera tan cerrado que uno no puede resolver qué pertenece a qué.

-En materia del universo de la historia, no pude sino pensar en Pedro Páramo de Rulfo (aunque el personaje Pedro Páramo era un victimario y no una víctima, como podría ser visto Ventura —¡qué nombre para el protagonista de Juventude em Marcha!). No era por ahí la entrada. Las analogías tuvieron que ver con el plano estético de una mutua poética de la sombra; con el grado de compromiso social y político; con la organización discontinua de la materia narrativa; con la “fatalidad” y el fracaso a los que se enfrenta un grupo humano. Fatalidad y fracaso, términos útiles para simplificar el sistema socio político que los engloba y los somete.

-La idea de fracaso me llevó por otros caminos: la carta que no se leerá, la carta que no se sabe escribir, la carta que no se deja (de) escribir, salvo como obsesión. Es el ejemplo tajante de la indigencia. Indigencia y decepción que alimentan al obsesivo, y que lo mantienen en la melancolía. Indigencia y decepción que sí se poseen.

-Sin embargo, hay un aspecto reparador a tener en cuenta. O que uno necesita considerar para no caer en la sombra total. Aunque viéramos a estos seres como sobrevivientes, no se nos escapa que son “comunidad”, que hay un “ser juntos” en el que encuentran su refugio. Por más precario que éste resulte, es, existe. Por supuesto que es una constatación que, a la vez, se erige en una trampa ideológica para poder soportar sino la culpa, la responsabilidad colectiva.

-La belleza formal de los planos; de la detención, de la morosidad de los movimientos; de los interiores y sus claroscuros; de los diálogos entrecortados, como susurrados; y más… me provocaron por momentos un casi no necesitar atender  racionalmente: sólo contemplar y sentir.

-Por todo lo anterior y siempre por lo que falta, creo que la película se inscribe críticamente en la Historia y a la vez manifiesta la singularidad del Deseo. Sólo pueden hacerlo aquéllos que como Costa hablan de Amor.

II   No Quarto da Vanda

Es la última que vi, hace alrededor de mes y medio. Descubro que sigo pensando en la película y doy por sentado que debería transitar por otros caminos para soltarla. Justamente, otros que no sean ésos de los que doy cuenta abajo.

-Ya en Juventude em Marcha el manejo de la luz me había deslumbrado pero aquí el deslumbramiento deja paso a una necesidad. ¿Cómo explicarlo? Sinceramente, necesitaría aportes específicos del manejo técnico que se me escapan completamente. De todas maneras, sé también que la explicación sería sólo parcialmente suficiente. Porque está ese “más” que escapa a la técnica misma. Estoy pensando incluso en algo así como lo que se logra con un medio en el instante mismo en que ese medio —en cuanto medio— es superado totalmente.

-En muchos momentos mirar lo que pasaba en el cuarto de Vanda, en los restos de su “casa”, en el barrio que se estaba demoliendo al mismo tiempo que la vida continuaba, se me hacía insoportable (y no precisamente por el tiempo del reloj, extenso a la par). Sentía que mi mirada entrometida en el espacio y el tiempo de Vanda, era una mirada obscena. La mirada del que ve cómo, y en qué marco, con qué complicidades, el Otro se entrega a la destrucción y a la muerte. Mirada culpable la mía, la nuestra. No estoy hablando de una falsa identificación, impensable por supuesto (dicho esto sin ningún “orgullo”). Se trata de un encuentro doloroso; de una encrucijada que me propone este tipo de cine y en la cual se compromete no sólo mi subjetividad sino, a la vez, mi ser político.
Como se ve, una recepción contaminada con el sentimiento de culpabilidad la mía. Cuánto mejor sería poder decir: responsabilidad.

-Hubo un momento en la película (la conversación entre Vanda y el ¿amigo/familiar? al que ella le da refugio) en el cual Vanda da una suerte de explicación de su condición que resulta terrible por la atribución —casi fatídica, inexorable— a causas individuales. No puedo recordar bien, pero se me planteó una suerte de quiebre con el sentido de toda la película. Y luego pude pensarlo de otra manera: justamente el Cine, así con mayúscula, muestra esos quiebres, nos confronta con las contradicciones, con los desgarramientos que sufrimos, aun en tanto víctimas. Con mayor razón en cuanto víctimas. Y eso conlleva una lucidez política encomiable y es un crédito más para un director como Costa.

-Finalmente, pienso en todas esas imágenes tan materiales y a la vez tan inmateriales, difuminadas, borrándose. De la misma manera que esos cuerpos que están desapareciendo ante nuestros ojos, tan reales y tan espectrales. Cuerpos en tren de morir.

(*) Profesora y Licenciada en Letras Modernas. Su escritura poética incluye: En la intemperie (1997); Dispersión, (1997 —inédito); Sin balanza que lo pese (1999); De mi jardín (2003 —inédito); Derivas (2005 —en colaboración con Roxana Carrizo) y Saerianas (2008).

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