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mayo 7, 2011 / Roberto Giaccaglia

El silencio de los pintores

Por Carlos Ardohain

Foujita

Kikí de Montparnasse estaba molesta, y no era por el frío que hacía en el estudio, a eso estaba acostumbrada. El japonés no le hablaba, si bien era cierto que su francés era muy rudimentario y su carácter extremadamente reservado, estaba muy inquieto. Era su primera sesión. Por recomendación de Man Ray vino a dar al atelier de Foujita, y éste la recibió con mucha cordialidad, a su gusto un poco excesiva.
Le indicó un diván en el rincón, le pidió que se quitara la ropa y le sugirió una pose, y ahora no dejaba de dar vueltas, la miraba y miraba el papel, miraba a su gato y la volvía a mirar a ella.
Algo parecía no funcionar. Algo estaba fuera de lugar. Trazó un par de líneas con lápiz y detuvo el trabajo. La miraba a través de sus gafas redondas y su pequeño bigotito parecía vibrar, pero no hablaba.
De pronto pareció tomar una decisión y se acercó a ella caminando lentamente con algo en la mano. Kikí sintió miedo pero no dijo nada, observó la figura menuda acercándose y cuando estuvo a un metro vio que Foujita tenía en la mano un pincel de punta finísima embebido en tinta china, una sonrisa le iluminaba el rostro, se acercó más, se agachó y comenzó a trazar con el pincel, uno a uno, los cabellos de su inexistente vello púbico.
De modo que era eso, la ausencia de la sombra triangular en su sexo ponía nervioso al pintor, que con paciencia le dibujó una hermosa motita de exquisitos cabellos.
Luego se paró, volvió a su tablero y comenzó a trabajar con decisión y alegría.
El gato se arrellanó en su silla.
Kikí se acomodó en su diván con la certeza de que esa noche ella poseía la vulva más bella de París.

Soutine

La noche estaba helada, por las calles de ese barrio alejado no había nadie, pero dos sombras avanzaban riéndose y cantando, dos mujeres abrigadas con una botella de ajenjo en la mano, rescatada del último bar. Parecían saber adónde iban o tal vez era solamente la impresión que daban al caminar rápido, escapando del frío y afirmando la alegría de estar vivas, de ser jóvenes, hermosas, mujeres, de estar en París.
Kikí y su amiga apuran el paso, les falta poco para llegar a La Ruche, el edificio donde viven sus amigos pintores. Tocan a la puerta de Soutine, que es la única debajo de la cual se ve luz, y el ruso les abre con un cuchillo en la mano, les sonríe y las invita a pasar.
El estudio es un desorden y tirados en el piso hay varios de sus últimos cuadros. Ellas se quedan paradas entre los cuadros y la puerta. Entonces Soutine les explica que estaba mirando sus últimas pinturas para ver cuáles le parecían buenas: a las que no aprobaran el examen les esperaba el cuchillo. Las mujeres ríen a carcajadas y mientras él recoge las telas y deja el cuchillo, apoyan la botella en la mesa atestada de papeles.
En el estudio hace frío, mucho más frío que afuera. El pintor tiene puesto un abrigo y ellas no se sacan los suyos, pero no pueden dejar de temblar, y entre la risa que traen de la calle y el frío que tienen parecen estar bailando. Entonces Soutine les dice que esperen, que las va a caldear, así dice, caldear, dicho lo cual agarra una de las dos únicas sillas que hay en el estudio, la rompe y haciendo un montículo en la vieja chimenea prende unos papeles debajo de ella para encender un fuego improvisado.
Después toma la otra silla y rompiéndola también, la ubica encima de la otra y el fuego toma fuerza, presencia, se hace amo del espacio. Las llamas ondulantes se parecen a las pinceladas nerviosas de sus cuadros
Entonces le dice a Kikí:  bueno… ¡ahora, a brindar!
Y los tres se quitan los abrigos, se sientan en el suelo cerca del fuego, se sirven ajenjo en los vasos y brindan durante el resto de la noche por el fuego creador, por la pintura, por las mujeres, por Rusia y por París.

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3 comentarios

Dejar un comentario
  1. Mariangela / May 8 2011 9:25 pm

    Exquisitos relatos! ….
    ¿No hay más?

  2. Roberto Giaccaglia / May 9 2011 2:19 pm

    Sí que hay… Fijate en la página del autor.

  3. miri / May 20 2011 11:49 pm

    Excelentes, los disfruté mucho, mágicos y poéticos

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