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abril 11, 2012 / Roberto Giaccaglia

¿Hay tu tía?

En mi exploración de los libros de autoayuda tarde o temprano tenía que agarrar uno de Pilar Sordo. Empecé por el último, Bienvenido dolor. Ella dice que no es de autoayuda, porque no se siente una iluminada como para escribir sobre tal cosa. (Es muy humilde esta chica, siempre está diciendo “En mi humilde opinión esto, En mi humilde opinión aquello…”) Supondrá que los libros de autoayuda surgen de experiencias extrasensoriales, y no de “investigaciones”, como el suyo, un libro que, así, se presenta como científico, ya que la autora antes de encarar su escritura realizó varios estudios de campo, básicamente para determinar cuán feliz o infeliz es la gente conforme al lugar donde vive, el estrato social, el sexo, la edad, etc. Y por más que se apura en aclarar que lo suyo no es autoayuda, no se demora tampoco en decir que los libros de autoyuda están muy bien y que llegado el caso pueden ser beneficiosos: si el lector encuentra una frase o al menos una palabra que le levante el ánimo o le “sirva”, ese libro vale la pena, poco importa que lo haya escrito un aprovechado o mentiroso o como pueda considerarse a la persona que dice haber vivido experiencias que en realidad no. Esto es algo que la filosofía oriental conoce de sobra: se puede aprender de cualquiera. Hay muchos cuentos o fábulas o como quiera que se llamen que hablan de personas “entregadas” a alguien despreciable que a fin de cuentas termina enseñándoles algo. La cuestión es estar abiertos a “cazar” lo bueno que hay en el aire, por más que a simple vista -o nariz- parezca envenenado. O lo que es lo mismo: vaciarse de preconceptos. De ahí la imagen tibetana del monje que vacía su taza de té: si está llena, no se puede verter en ella nada nuevo.
Bueno, a lo que voy: Pilar no hace autoayuda, sino otra cosa, más científica y acaso elaborada, pero no por eso desprecia a los libros de autoayuda, y, es más, de alguna manera entiende que lo que ella hace puede a fin de cuentas tener la misma “utilidad” para el lector que un libro de aquella naturaleza. Ella pretende servir, dejar huella, ayudar, cambiar conciencias, mejorar, en fin, la vida del lector.
Ya los clientes de la librería me lo habían dicho: esta chica escribe fácil, es llevadera, ligera y uno lee como deslizándose. No dice nada nuevo, me aclaran siempre, pero lo dice de una manera en que cualquiera lo puede entender.
Curiosamente, son cosas que ella misma dice de su estilo, y también del contenido de sus libros. Pretende, lo deja dicho dos o tres veces en lo que llevo leído, retornar al “sentido común”, por lo que no está diciendo pues nada que no haya sido dicho o avisado antes: el retorno al sentido común es volver a lo que hemos olvidado, no ir a hacia ningún lugar extraño o nuevo o inexplorado. Y sobre su “estilo” no es que diga algo en forma directa, aunque no por ello deje de ser concreta sobre la materia: se burla de las personas que hablan en difícil, dándose diques, que emperifollan el lenguaje para aparentar. Ella no aparenta, es lo que es, una persona buena que a veces se enoja y que escribe para todo el mundo. Al menos es lo que se desprende de las páginas por las que he pasado.
Sobre la ligereza de su prosa no hay mucho más que agregar, en una hora y media me leí casi medio libro sin pestañear -la ventaja de que no hoy no haya entrado prácticamente nadie a la librería. Cuánto me quedó de todo ello, no sé, pero tampoco creo que me haga falta volver sobre lo leído.
Básicamente, querida Pilar, estamos de acuerdo en casi todo. Menos en eso que ponés un par de veces: que el dolor es la única forma de aprender. Ay, no, en eso no. Es más, me parece una apreciación un poco pava, qué querés que te diga. Sí puedo estar de acuerdo en que el dolor llegue a ser una “oportunidad” para la reflexión, una forma de aprendizaje no querida, como lo es todo quiebre de la cotidianidad: aparece algo nuevo, en la forma que sea, y esto nos plantea nuevos desafíos, para los cuales tenemos que sí o sí ponernos a reflexionar. El dolor, si cabe, es una exigencia a nuestro estado anímico, así como a las neuronas que teníamos por ahí, de joda o descansando… Pero de ahí a decir que el dolor es “la única” forma de aprendizaje me parece un poco exagerado. Es más, me suena a que debés tener algún dejo de catolicismo no resuelto, que hace mella en tus apreciaciones o por lo menos las contamina alguito. Como quien dice, “ganarás el pan con el sudor de tu frente”, “la mujer parirá con dolor”, y dale que va. O sea: El que quiere celeste, que le cueste, una “exigencia” que puedo entender casi en cualquier caso -el de esforzarse para ser mejores, etc.-, pero que no por ello me hace pensar que sólo a través del dolor salgo purificado o mejorado. Entiendo que representa para tus lectores algo así como una “tranquilidad” convencerse de que sufriendo luego serán dichosos -porque habrán aprendido algo útil-, pero por favor no elevemos al dolor a la categoría de experiencia facultativa.
Lo demás que leí me parece bien -volveré sobre la controversia de recién cuando avance en la lectura-, y hasta puedo verlo día a día en la calle o charlando con la gente, conocidos o no: muchas personas no son felices porque no quieren, es así, no hay vuelta que darle. Hay mucha pena que no se sabe de dónde viene, y que hasta parece autoimpuesta.
La mayor parte tiene que ver con la plata, of course. El deseo de tenerlo todo -blackberry, iphone, tevé chatita, nuevas llantas para el coche- nos hace mucho mal y de paso jode a los que tenemos al lado, la presión que nos imponemos es contagiosa y lastima por igual al que la busca como al que la sufre de manera indirecta. Pero esto -el anhelo material de lo que en realidad no precisamos- es sólo una parte de la larga lista de miserias humanas que hacen mucho por jorobarnos la vida, aunque el asunto del “dinero” sirva, sí, para explicar o redondear otro tipo de conductas pusilánimes, y de alguna manera asociadas con aquella, y vaya si destructivas. Por ejemplo, la avaricia.
Sigo.

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