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agosto 26, 2010 / Roberto Giaccaglia

Yo también fui un fraca

25 de agosto, un día para el olvido. Me levanté con unos mocos terribles, encima el pañuelo había desaparecido por completo, de la mesa de luz, de la cama, ¡del piso!, así que los llevé colgando hasta el baño, medio aspirando, medio soltando, para que no cayeran pero tampoco para tragármelos. En el baño pasé un buen rato, hasta limpiar la nariz y aclararme la garganta, un poco perjudicada por los propios mocos, que se ve que habían hecho estragos durante la noche. Pero no dormí mal, para nada, se ve que, simplemente, estaba cansado, y el agotamiento pudo contra el principio de gripe.
Es que durante el día había pedaleado unos kilómetros. Ahora ando en bici. Estaba abandonada, desde hacía años, a merced de la lluvia, a merced del sol, del polvo y de la tierra, pero el último viernes ni hija ve que su bici tenía un pedal roto, me pidió que la acompañara a la bicletería a cambiarlo, lo hice, pero con mi bici al lado, acicateado por vaya uno a saber qué impulso, tal vez el gusto que le daría a mi hija pasear juntos. Después de que le cambiaran el pedal y le pusieran aire a las gomas de la mía, salimos, la pasamos muy bien, la ciudad es linda desde la bici y yendo embalado hasta se respira mejor. Y desde entonces no paré.
Es un decir, claro, pero digamos que me resurgió el interés. Volví a la bicletería, cambié cámaras, cubiertas, piñón, la hice engrasar, etc. Mi mujer se contagió del asunto, se compró una bici para ella y ayer salimos a pedalear unos kilómetros, como dije. A la vuelta, todo transpirado, me di un baño, pero se ve que el termotanque no funciona bien, el agua salió fría y me jodió, ahora estoy hecho pelota.
Igual, quise salir de nuevo, a pesar del calor, de los mocos y de que mi mujer ahora no iba a poder acompañarme, atareada en asuntos de limpieza. Después de unas cuantas cuadras, se trabó la cadena. La puta madre. ¡Pero si el otro día le hice cambiar el piñón! Ya me va a escuchar el degenerado que me cobró casi doscientos mangos por dejar la bici supuestamente bien. Tuve que venirme desde la concha de la lora, con un sol a pleno y medio resfriado, cargando con la bici, lleno de bronca por la sumatoria de fracasos y desdenes de la vida. Eso es lo peor: que nada parecía estar saliendo bien.
Al mediodía —qué nabo, por dios—, había volcado una copa de vino del bueno. Uno que hacen en Tupungato para exportación, con procedimientos orgánicos o algo así. No acostumbro a comprar vinos caros, este me lo regalaron. Fue un trueque, en realidad. Un tipo de una vinería hablando de todo un poco me dijo que lee bastante y que tiene una mujer que da talleres de escritura en colegios carentes. Bueno, le dije que escribía y que tenía un par de libros editados, me pidió que se los llevara, lo hice y me regaló un vino caro. Creo que es la única vez que salgo ganando con la literatura. O más o menos, porque con la copa que tumbé hoy derroché por lo menos unos diez pesos, así nomás, de golpe y de puro pelotudo.
Para colmo, la comida no me había salido muy bien que digamos. Un pollo agridulce, con peras y manzanas, cebollas, apio, crema, un asco bah. Y la culpa no la tiene nadie. Qué sé yo, Narda Lepes, supongamos, que se la pasa haciendo cosas raras, porque la receta no la saqué de ningún lado, sino que fui metiendo en la olla lo que iba encontrando (supuse que no era tan disparatado mezclar esa frutas con un pollo, pensando en cosas como el chutney, que se le puede poner al pollo, o en las manzanas al horno que suelen acompañar al ave en cuestión). Noto que cada vez que cocino yo, en casa se come menos. Nos viene bien para la dieta, eso sí, o por lo menos a mí, que soy el único gordo del grupo familiar.
Ah, pero ahora pedaleo. Bueno, ahora mismo no, porque la bici está dada vuelta en el garage, con el piñón en apariencia inutilizado, y la cadena colgando. Ante la imposibilidad de convertirme de buenas a primeras en técnico bicicletero (lo único que conseguí es llenarme de grasa y que todo me diera más bronca aún), decidí emplear la carga de adrenalina contenida (o de euforia mala) en llamar al editor de mi próximo libro. Ja, ahora me iba a escuchar ese. ¿Cómo puede ser que se demore tanto en salir, eh? ¿Qué está pasando? ¿Me viste la cara de forro? ¿Te arrepentiste y ya no lo querés sacar? ¿Te creés que soy gil y no me doy cuenta? Pero al fin, con todas las preguntas que tenía para hacerle tuve que armar un rollito y perdérmelo en una parte recóndita de mi anatomía, porque el tipo no estaba, me atendió su secretaria, que dijo que volvía el viernes.
Todavía queda mucho de este día, así que mejor me voy a dormir.

Son cosas que a uno le pasan si está vivo, como dice Liniers, que es un tipo que decididamente me encanta. Otro que me gusta mucho, y que cuenta (o contaba, porque ahora está en otro asunto) cosas que te pasan si estás vivo es Ángel Mosquito, el revolucionario judío comunista. La colección de los días de su vida que editó Domus en 2007 (¡y que compré en la Feria del Libro Infantil!) es sencillamente genial.
Yo lo junaba de antes, más vale, tan quedado no soy. Exactamente, de la página Historietas Reales, en la época en que salía por Blogspot, donde publicaban muchos artistas que hacían lo que él, contar sus días, sus frustraciones, sus pequeñas victorias. Qué sé yo, Max Aguirre, Fabián Zalazar,Terranova, Chinaski, etc., por nombrar los que se me vienen inmediatamente a la memoria, uno que se hacía llamar simplemente Ernán, también, que era muy bueno y el más jodidamente reventado de todos (una vez hizo creer a sus lectores que se le había muerto un hijo).
Con ese colectivo, Historietas Reales, estos muchachos hicieron historia, sentaron un precedente, crearon algo importante, pero el que más me divertía, por lejos, era El Granjero de Jesú, o sea la creación de Ángel Mosquito, el proletario conspirador. Era su aire de perdedor nato lo que me causaba tanta gracia, la manera en la que era capaz de volver gracioso episodios menores en los que no se demostraba otra cosa que su ineptitud (para las relaciones personales, sobre todo, familia, amigos, pero también sus problemas en el trabajo, en la vida diaria, con comerciantes, con empleados municipales, con el auto, con lo que fuera).
Otra cosa para celebrar de Ángel Mosquito, el artista popular armado, es su mala conciencia, su increíble falta de tacto, su pésima corrección política. Por oponerse al Imperialismo, por ejemplo, es capaz de reírse de las torres gemelas, o festejar a los barbudos que las tiraron abajo. Curiosamente, tiene la extraña virtud de que sus chistes fuera de toda corrección no caen mal, nunca, cualidad que supongo sólo tienen los piolas en serio, esos a los que se les festejan hasta las gracias que hacen con la hermana de uno.
El Granjero es así, hace votos para que a Macri y a Carrió les den por el orto, desea ser millonario para cargarse al cantante de U2 (¡buena idea!), trata de hijos de puta a los votantes de derecha (Macri, je), propone secuestrar a los hijos de los líderes del primer mundo (tal vez, tal vez…), alienta a los que queman autos en las calles de Francia, se pregunta por qué no hacer lo mismo aquí, despotrica contra el Live-Earth y demás festivales hipócritas y dale nomás. A lo mejor es un poco kirchnerista, o por lo menos un peronista tipo Bombita Rodríguez, combativo y a su manera canchero, canchero a destiempo quiero decir, o combativo ya fuera de lugar, unos años atrasado. Un soñador, bah, de los que todavía gritan viva Perón, confían en Evo Morales y le piden a Lula la revolución.
Lo que hace Ángel Mosquito, el terror de las multinacionales, es bastante similar a lo que, con menos contenido, o conciencia de clase —algo que sólo tenemos los sudacas, porque ningún otro tiene a Perón tan cerca—, hace ese otro perdedor que retrata la película American Splendor —una película grandiosa, barata seguramente, como las canciones de Bombita Rodríguez o el auto de Mosquito, pero enorme—: Harvey Pekar. En el mundo del cómic contar la propia vida (autobio, le dicen) es una práctica bastante regular en Europa y sobre todo en Estados Unidos, pero que yo sepa nadie llegó a las alturas de un Pekar, que con su American Splendor (la publicación se llama igual que la película sobre su vida) llevó la existencia miserable del hombre común y silvestre a la condición de obra de arte.
Pobre Harvey, murió hace poco, de cáncer, hará dos meses. Creo que todavía mantenía su trabajo de ordenador de ficheros en un hospital, a pesar de la fama que se ganó y de que su obra autobiográfica y autofinanciada la había empezado a publicar una editorial grande de cómics. Harvey era un escritor en toda la regla. Ponía su prosa en cuadritos, nada más. Leyéndolo, a uno le agarran terribles ganas de putear a la gente que todavía obvia a la historieta como arte. Tipos como él hacían más fácil entender nuestra propia vida, o sea como cualquier gran escritor que se pone a escribir sobre el día-a-día es capaz de hacer por nosotros.
Y en serio, no creo que Ángel Mosquito, paladín del plumín justicialista —que de paso tiene, como Harvey, una hija adoptiva, a la que retrata en sus historietas y convierte prácticamente en estrella—, le vaya muy en la zaga a Harvey Pekar, al que seguramente leyó más de una vez y de quien habrá aprendido la sentencia de que el cómic sucede donde le parece a él.
O algo así. No importa. A lo que voy: toda historia merece ser contada, y mucho más si se le pone gracia al asunto. A mí me provoca idéntica felicidad leer a uno que a otro, sin que medie en esto el hecho de que las historietas de Harvey han sido dibujadas por tipos como Robert Crumb, por ejemplo. No interesa: lo que cuenta es la intensidad del relato, la gracia contenida y al final la explosión, pero también la capacidad de mostrar el corazón, el alma, las cosas de las que uno está hecho, sean lo que ellas sean. Ángel Mosquito, la esperanza de los desposeídos, se anima a todo esto, es decir a desnudarse (a veces lo hace literalmente, o sea que se dibuja en bolas, a pesar de no calzar tanto, je), para bien o para mal, y después de tanta brabuconería a veces se lo descubre hecho un tierno —perdón por la palabra, es medio maricona, ya sé—, como cuando se dibuja durmiendo en una cama gigantesca porque su mujer se fue de vacaciones (¿no es un dulce el hijo de puta?).
Esta clase de cómic necesita de lo que héroes de la clase trabajadora como Harvey y Mosquito tienen de sobra: valentía. Sí señor. El tipo se sabe un tacaño y lo dice, se sabe un jetón y lo dice, habla de su mala suerte y de sus malas elecciones, de sus sueños hechos mierda y de su rencor, sobre todo de su rencor, un resentimiento lindante con la esquizofrenia, y lo grita a los cuatro vientos. El Granjero de Jesú se cree gran cosa, cómo no, una gran cosa aunque esté en el fondo del ring, es decir debajo de la lona. Y esa es otra de las características dignas de mención, una que hace que caiga tan pero tan simpático: tiene más orgullo que Maradona y la Cristina juntos, pero un orgullo de opereta, una jactancia de bebedor de Resero, sentado en la vereda, viendo la riqueza pasar frente a su nariz y despotricando desde las alturas de su honor sin mácula.
Es un fraca con todas las de la ley, simpático, querible, genial, un alfeñique de 44 kilos que por nada del mundo se pondría esteroides o, menos que menos, correría a hacer ejercicio. Correría más bien a su casa, a dibujar (lo hace muy bien, el progreso en esta materia de la primera tira de El Granjero de Jesú a la última es notable, impresiona), a poner en unos cuantos cuadritos la oportunidad que se perdió con tal o cual negocio, cómo lo basurearon, la venganza que planea y que nunca llevará a cabo. Cosas de un perdedor nato. ¿Cómo no identificarse con alguien así?
Ojalá que algún día se levante con mocos, le salga mal la comida, vuelque una copa de vino, quede como un boludo, se le rompa la bici, vuelva a quedar como un boludo, no lo atienda su editor y decida contarlo todo, a ver cómo le sale. Sí que me voy a reír con el pobre infeliz.

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2 comentarios

Dejar un comentario
  1. moscu9 / Mar 24 2011 8:08 pm

    Ja ja, es la mejor reseña que alguna vez hicieron de esa historieta. Gracias!! Mosquito.

  2. Roberto Giaccaglia / Mar 24 2011 11:49 pm

    Ey! Encantado! Gracias a usté!

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