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septiembre 9, 2010 / Roberto Giaccaglia

En busca de W. (1)

Bitácora del capitán: va a ser mejor que abandonen el barco. Ya perdí noción de los días, y supongo que tampoco tiene sentido averiguar dónde estamos. No sé si fue ayer que un pájaro extrañamente parecido a alguien de mi infancia pasó cerca de nosotros, lo perseguía un rumor, algo que no lo dejaba y que estaba en el aire. Creo que los demás, a su manera, sintieron o vieron lo mismo. Después me miraron, como buscando una explicación. Negué con la cabeza, y volvieron a sus puestos. El problema es que nadie sabe cuál es su puesto. Hay peleas todos los días, recriminaciones. Son como niños, se quitan cosas y después no saben qué hacer con ellas. He visto al cocinero encaramado a uno de los postes, tratando de poner orden, haciendo nudos, gritándole a todo el mundo cómo se debe hacer esto o aquello. Lo dejé hacer, incluso me divertí.
Quizá la propia confusión que todos parecen experimentar haga que no se suceda motín tras motín.
Tenemos comida para rato, galleta y cacao para muchos días. Curioso, escuché decir que en el remoto Buenos-Ayres es la gente de la alta sociedad quien lo bebe, como si fuese una golosina delicada, y no el agua sucia que a nosotros nos alimenta. Pero nadie parece tener hambre aquí arriba, ni siquiera sed. La única señal que nos dice que no estamos muertos es que tenemos miedo, todo el tiempo.
En un cuento de fantasmas que leí, que si mal no recuerdo escribió el navegante novicio Korzenioswki, en uno de sus largos viajes, seguramente acuciado por el vacío que ahogaba a él y a sus compañeros, ellos, los fantasmas, no sabían que habían muerto, se la pasaban esperando un carruaje que no llegaba y que debía devolverlos a sus hogares. ¿Qué clase de carruaje era? No creo que importe. Lo fundamental es que los fantasmas del cuento querían creer que podían seguir esperando, leían libros, o las noticias del periódico, chequeaban sus relojes con los de otros pasajeros varados, con toda la paciencia del mundo, y esperaban y esperaban, conversaban entre sí, discutían.
Más o menos como estos hombres que observo uno a uno desde mi quarterdeck. Pero ahora están callados, se concentran en sus cosas o por lo menos lo simulan. Yo también hago como si me importara. Tal vez resida en la simulación cierta esperanza. Si perdieran toda vergüenza no sé qué sería de nosotros, de todos nosotros. Ningún sonido proviene de los camarotes de los oficiales, ellos también, me imagino, tan inútilmente absortos como yo.
¿Fue ayer, realmente, que un pájaro extrañamente parecido a alguien de mi infancia voló por encima del barco? Tal como están las cosas, bien pudo haber sido mañana.
Salimos en busca de W., la colonia perdida, en una isla que según los viajeros más experimentados siempre queda más lejos de lo que parece, a resultas de lo cual, si se llega, nunca es con la misma cantidad de tripulantes con la que se partió. Habladurías, por supuesto, o exageraciones. Que yo sepa, los barcos siempre han vuelto, y enteros, o bastante enteros por lo menos, es normal perder a uno o a dos marineros, incluso a tres. Es el promedio de cada viaje. Al capitán Crabbe, en su última expedición por el río Lualaba, a bordo del Sévigné, se le murieron cinco, cuatro de ellos la misma noche. Hay algo que vuelve locos a los hombres en todos los viajes, pero no es el agua, tampoco el aire salino, como se empeñó en decir el doctor Alessandro en uno de sus tratados, A proposito di follia che ha offuscato la visione di marina, muy leído por los médicos del reino, muy leído, según dicen, en todos los reinos de Europa, al menos los que se hacen a la mar, buscando establecer propiedades privadas aquí y allí. Pero yo vengo respirando este aire desde que nací, y no me ha ido tan mal en la vida, nunca he perdido la razón, he sido capaz de llevar a todos mis hombres hacia nuestro destino, siempre, he logrado detener riñas, he logrado que lo soportaran todo, y pocas vidas se me han escapado, suicidios más que nada, pero tengo que dormir alguna vez, no puedo estar todo el tiempo controlándolos.
Se dice que la isla donde se arraigaron nuestros colonos fue encontrada por Jan Carstenszoon, mientras navegaba con rumbo a la costa sur de Nueva Guinea, pero que no fue incluida en el mapa nacido de sus exploraciones, el Nova totius orbis terrarum, puesto que el grabador mantenía cierta rivalidad con Carstenszoon, a quien pretendía restarle méritos. Igualmente, la existencia de una isla no presente en la nueva constelación de tierras llegó como rumor a oídos del reino, que encargó de inmediato una nueva exploración. El encomendado fue Sebalt de Weert, capitán, como yo, y amigo personal de un lejano pariente mío, terrateniente y financista éste y uno de los fundadores de la Vereenigde Oost-Indische Compagnie, o Dutch East India Company, como se la conoció. En honor a la labor de de Weert, la colonia que la compañía estableció en la isla, y que le dio, al parecer, los mayores frutos de toda la región, sobre todo en la explotación de la madera, se llamó W., y por tal nombre se la conoce aún hoy, cuando hace tiempo que ha desaparecido la Vereenigde Oost-Indische Compagnie, o Dutch East India Company, por bancarrota, y ha quedado libre el camino para que mi reino retome para sí la colonia, sin trabas corporativas de por medio.
El último barco volvió sin noticias de W. Y el capitán Dunwich, encargado de la misión, dice haber agotado la isla, durante días y días. Es un gran hombre el capitán, yo mismo he aprendido muchas cosas de él, y no creo que falsee sus declaraciones, no lo necesita. Dijo no haber dado siquiera con nativo alguno, no ya con miembros del reino asentados, o al menos perdidos, buscando ellos mismos a W. Sólo algún que otro bonobo les salió al encuentro. También mencionó a una especie de asno de color bordó con rayas blancas y negras en los cuartos traseros, con cuernos cubiertos de pelo, para el que no hay nombre todavía. No noté interés alguno en la reina o en sus consejeros en el detalle de este animal, pero sí, en cambio, en uno de los acontecimientos que debió padecer el capitán Dunwich durante la travesía: la pérdida de un marinero, uno que hacía su primer viaje, reclutado pocos días antes de la partida. Alguien lo asfixió mientras dormía. Se rumorea que había hecho trampa en los naipes. El asesino tuvo la prudencia de no llevarse consigo botín alguno: en su venganza no intervino la codicia, sino, estimo, su honor mancillado. No en vano la reina me encomendó a mí y no a otro este viaje: yo no permito que mis hombres jueguen o beban, aquí suben a trabajar, a vigilar, todos tienen algo que hacer y hago que se necesiten el uno al otro.
Pero ahora me parecen perdidos. Yo mismo lo estoy, por supuesto, y ruego porque no se note. Me miran con desconfianza, les gustaría saber qué escribo, qué cosas guardo en mis notas. No todos ellos desconocen la palabra escrita, a más de uno he sorprendido atisbando por sobre mi hombro cuando vienen a decirme alguna cosa, se acercan con cualquier pretexto, sólo para ver si sé dónde estamos yendo, si escribo algo que represente para ellos alguna clase de fe o de aliento.
Antes de mi partida, el capitán Dunwich golpeó mi puerta. Estaba solo, bastante borracho y un ojo le temblaba. Se ponía un dedo allí, presionándolo, como queriendo contener el movimiento involuntario, pero era inútil. Habló barbaridades, le ofrecí asiento varias veces, pero declinaba la oferta diciendo que tenía poco tiempo, y sin embargo se quedó allí, hablando y hablando, sin que yo pudiera interferir en su palabrerío, hasta que, como un ser vacío que hubiera perdido de pronto lo que lo animaba, se desplomó en el piso, se dejó caer sin más. Lo agarré por los hombros y lo puse afuera, al fresco, para que se le pasara el mal rato, y me quedé con él, entorpeciendo mi sueño, quitándole horas a mi descanso. No iba a estar bien a la mañana siguiente, pero total las cosas que me había dicho me iban a dar vueltas en la cabeza toda la noche. Estuve con él hasta que se descompuso, logré enderezarlo, y sólo tragó algo de vómito, nada más, ni siquiera el suficiente para despertarse. El olor era insoportable, lo dejé recostado contra la pared y entré a mi habitación. Pensé en lo que me había dicho.
Dijo que a nosotros, víctimas de la inquietud, soldados al fin y al cabo, no nos quieren en ningún lado, pero especialmente allí donde queremos ir, en busca vaya uno a saber de qué, no de algo nuestro, no, eso nunca. El mar, dijo, tarde o temprano nos rechazará con furia, y entonces ninguna de las artes con las que contamos valdrá la pena, sucumbiremos, a pesar de nuestros esfuerzos, agotados, más ateridos por el miedo que por el frío, como esos peces a los que el agua rechaza, sin que todavía haya razón alguna que pueda explicarlo, y mueren de cansancio en su bregar continuo por escapar de la costa.
Sus divagues siguieron por esos caminos, todos difusos para mí, o caminos, por lo menos, en los que nunca había pensado, así que confieso no haberle prestado demasiada atención, salvo, quizá, cuando dejó de tocarse el ojo, el cual pareció de pronto dejar de latirle, y usando el mismo dedo con el que había intentado contenerlo me señaló diciéndome: Será mucho mejor, para ti y para quienes te acompañen, que nunca encuentres W.
Es curioso que el propio Korzenioswki haya dicho alguna vez algo parecido. No hay por qué darle crédito, claro que no, por más escritor en el que se haya convertido, pero es al hombre de mar a quien me parece estar escuchando ahora, no al narrador de cuentos de fantasmas o de aparecidos o de seres que llenos de furia vienen a entorpecer lo que queda de tranquilidad en esta tierra. Existe en el Nuevo Mundo, me parece estar escuchándole decir, en alguna de las cuatro o cinco islas en lo que todavía algunos insisten en llamar Mar del Charaibi, y que otros conocen simplemente como Región de las Antillas, una zona que oscurece el pensamiento, una zona, por así decir, infestada de tinieblas, a la que es mejor no encontrar nunca, y en las que nos vimos encallados durante dos meses, después de que una tormenta golpeara nuestro buque. Los habitantes nos profesaron víveres, hombres, incluso mujeres, a las que cuando rechacé fui observado yo diría con cierta repulsión y no sin malicia por parte de mis compañeros, algunos de los cuales, los menos fuertes creo yo, después de una o dos noches bajo el embrujo de esas mujeres perdieron la cabeza, y una vez reparado nuestro buque quedaron allí, para siempre, atrapados no sé si en los encantos más bien modestos de las nativas o en sus corazones ya arruinados, ensombrecidos, no por la lujuria, o aquello que esa gente fumaba, y que convidaba a quien quisiera, sino por otra cosa, que estaba en el aire y que hasta el día de hoy no puedo definir.
Sigue diciendo Korzenioswki que si de algo está seguro, y que lo salva, desde entonces, de no sufrir las pesadillas que sufrió cada noche de esos dos meses, es de no volver a ese lugar, porque no era un isla, porque no era un región, porque es o fue simplemente una parte de nosotros con la que un buen día todos nos encontramos y a la que de ninguna manera nos arriesgaríamos a volver. Así, sigue diciendo Korzenioswki, después de ver de qué estamos hechos, los hombres pasamos el resto de nuestras vidas escapando de nosotros mismos.
A pesar de eso, sigo buscando W. O tal vez convenga decir, en rigor a la verdad, que sigo buscándola porque no puedo hacer otra cosa, porque fui encomendado a hacerlo, y porque, simplemente, no puedo volver.
He escrito aquí que debería pedirles a mis hombres que abandonaran el barco, pero no hay tierra a la vista.

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